Asunción de Noche
(Séptima Parte)
- Sí, el país se fue a la
mierda esta noche- afirmó Emilia y tocó el brazo dónde minutos antes tenía un
corte suturado.
- El país de las maravillas-
murmuró el hombre, pensativo.
- ¿Cómo sabía lo del país de
las maravillas? ¿Qué pasó ahí adentro?- preguntó confundida.
- Todos saben lo del país de
las maravillas, leés el mismo libro todas las noches en el mismo lugar. Sos
demasiado escéptica para ser una loca dependiente de pastillas y tu estúpido
psiquiatra.
- Todo se siente muy real-
confesó recordando el peso del perro negro sobre ella.
- La realidad es relativa,
Emilia. ¿Querés saber qué es real? Dejá esas pastillas de porquería, dejá de
sentirte una perra miserable…. Mil personas murieron hoy en el Teatro y a parte
de esos curiosos personajes, vos sos la única sobreviviente. La gente va a
querer respuestas pero no van a creer una sola palabra de alguien con tu pinta-
afirmó el hombre y lanzó una bocanada de humo al rostro de Emilia- Andá a tu
casa, bañáte, peináte…. No sé.
- No es mi pinta, cualquier
cosa que diga va a sonar estúpida o imposible, y cuando sepan que voy a un psiquiatra
mi historia nunca va a tener sentido. Nada en mi vida tiene sentido.
- ¡Pobrecita! La princesita
atrapada en una torre…. ¿cuál de los dos es tu príncipe azul? ¿el mesero del
café o el tipo de pelo blanco? – preguntó sarcásticamente.
- No tengo por qué
escucharte- sentenció enojada y se levantó del banco.
Emilia pasó frente a la
cámara de un canal de televisión que cubría las crónicas nocturnas desde el
hospital, escuchó menciones del teatro y una tragedia sin precedentes en el
país. Caminó sintiendo los pasos del hombre del cigarro detrás de los suyos,
siempre los escuchaba aunque sólo ella lo veía. Caminó acompañada de la brisa
de la madrugada, ignoró los comentarios del hombre que la perseguía como una
sombra, prefería el silencio.
Llegó a su casa situada a
dos cuadras de la calle Pettirossi cuando la oscuridad todavía era absoluta y
abrió la puerta con su propia llave, su madre nunca se preocupaba por ella. A
veces preguntaba por preguntar cómo se sentía y volvía a los papeleos del
trabajo, sin escuchar la respuesta. Cruzó la sala en dirección a las escaleras
cuando notó una luz titilante proveniente del comedor, se acercó con curiosidad
y descubrió una vela decorada con un rosario de plata encendida en la mesa. Presionó
el interruptor de la luz y todo su ser se congeló por un instante, su
respiración se detuvo y un escalofrío subió por su espina hasta invadirla
enteramente.
Su madre estaba clavada a la
mesa, su cuerpo desnudo marcado por laberintos de sangre, sus muñecas y
tobillos atravesados por cuchillos empapados en rojo la impedían moverse.
Aparentemente sumida en la inconsciencia tampoco intentaba moverse, un hombre
alto de piel oscura ingresó al comedor con un plato de torta marmolada de su
madre en las manos. Vestía pantalón y remera negra, un crucifijo de plata de
importante tamaño resaltaba en su pecho.
Emilia lo golpeó con su
bolso y corrió en dirección a la puerta de salida pero una mujer la detuvo,
vestía de la misma manera que el hombre pero en su cuello resplandecían varios
collares de distintos tamaños, el fino taco de sus botas oscuras laceraba el
piso mientras la conducía de vuelta al comedor. Sus manos pálidas sostenían un
grueso cuchillo de cocina, la mujer despedía un agradable aroma a incienso y
por un segundo, Emilia se sintió más tranquila.
- Muy mala educación no
saludar a visitante- saludó el hombre del crucifijo con acento norteamericano y
un peculiar castellano.
- Andáte a la mierda- dijo
Emilia y escupió al hombre en el rostro, la mujer la volteó y le dio una
cachetada.
- ¡NO! ¡No, no, no! El Señor
dijo si tu enemigo golpear en una mejilla, dar la otra. Nuestro Señor
Jesucristo sabio perdonar tu pecado- afirmó dirigiéndose a la mujer.
- ¡¿Qué le hiciste a mi
mamá?! – gritó la muchacha con lágrimas en los ojos.
- Aún viva pero sangre…
sangre se acaba. Ella es pecadora y los pecadores manchados por la ruindad del pecado
deben morir.
- ¡Dije que no iba decir
nada! ¡Nadie me va a creer! ¡No sé nada!
- Ése es problema, you know
nothing. You should know some
things*…. Por eso estoy aquí hoy. Quiero ayuda, Emilia- dijo el
hombre en tono suplicante.
- ¡¿Por qué todos los locos
de mierda están detrás de mí esta noche?!- se quejó llorando con rabia.
- Quiero favor, Emilia.
¿Ayudarás?- preguntó y se llevó a la boca el último pedazo de torta que su
madre acostumbraba preparar los viernes para el fin de semana.
- Decí sí, no importa si tu
mamá está muerta, no importa nada…. Decí que sí y se terminó- sugirió el hombre
del cigarro que se mantenía parado al lado de Emilia tan sorprendido como ella
por la inesperada visita.
- Necesito llegar a la perra
de Elizabeth y tú ayudarás porque eres la pieza de sobra en el puzzle.
- No sé quién es Elizabeth-
afirmó la muchacha y sintió el cuchillo de cocina besando su cuello.
- Lo sabrás, niña- aseguró
el hombre y la bendijo hacienda la señal de la cruz.
- El padre no miente- dijo
finalmente la mujer de los collares, su acento también era extranjero y su voz
se hundió en los oídos de Emilia como una piedra se hunde en un estanque de
agua. ¿Cuánto más perdería antes del amanecer?
*No sabes nada, deberías
saber cosas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario