miércoles, 25 de febrero de 2015

Capítulo 12

Payé 
(Quinta Parte)

La mirada de cerámica de la Virgen de Caacupé lo juzgaba del otro lado de la pequeña habitación iluminada por un solo foco que colgaba del techo. Los orificios de su cuerpo todavía despedían un líquido espeso pero nada lo molestaba, solo la humillación. El muchacho y la vieja de mierda lo arrastraron de la calle hasta la tienda como una bolsa de papas, ninguno lloraría su muerte en caso de suceder lo peor.

- Ivai koa… vos te buscás problemas, patrón- dijo Ña Ñeca sin preocupación en su voz y continuó revisando la putrefacta herida- nde, andá traé esa latona con agua que está en la puerta. Rápido, mi hijo.

El muchacho dudó pero la confusión lo obligó a actuar automáticamente, la curiosidad lo mantenía en la tienda de yuyos. Entró a otra habitación también oscura pero más grande, varios santos de gran tamaño lo vigilaban envueltos en polvorientas bolsas de plástico, algunos eran tan altos como él. Encontró la latona cerca de una estatua de calavera rodeado de yuyos; cualquiera reconocería a San La Muerte en su túnica oscura. Hizo la señal de la cruz y tomó la latona tan rápido como le permitieron las piernas.  

- Rápido…. romopoti koa o sino…. Ivaiveta- advirtió y derramó el agua sobre la herida, limpió las tripas y los intestinos como si se tratara de un procedimiento de cocina.

Sacó unas ramas de ruda de su delantal, puso la palangana con agua a los pies de la Virgen y murmuró unas palabras mientras lavaba los yuyos. Las sirenas de la policía comenzaron a retumbar en la distancia, la mujer le señaló un palo de repasar al joven y le indicó la puerta de entrada al negocio cubierto del líquido negro sin abandonar su ritual.

- En tu nombre Señora de Caacupé, Señora del Paraguay, líbranos del mal. Amén.

Enterró la ruda en la herida y un escalofriante grito recorrió la avenida Petirossi. Los ojos de Emilio emblanquecieron, las raíces de los yuyos de la tienda crecieron varios centímetros, algunos tocaron el suelo y se dirigieron a la minúscula habitación.  Doña Ñeca lo golpeó en la cabeza con un mortero regresándolo a la conciencia, la herida en su estómago empezó a cerrarse y el dolor se disipó.

- Doce horas, ovalema.

- ¿Doce horas? Apenas me puedo mover y ese hijo de su madre…. Vos sabías que esos desgraciados estaban por acá, y no me dijiste nada.

- E’a… mi culpa ahora es. Che ndaikuaai mba’eve. No me metas en tus macanas. Tenés que agradecer que te ayudé. Por mí, todos ustedes se pueden morir. Y parece que el mita’i ese se mandó mudar. ¿Quién pio era?

- Un inútil. Aunque… un inútil no me vendría mal esta noche.

- ¿Mba’e rejapota?- preguntó desde la entrada de la tienda.

- Negocio. Esos animales se pelean entre ellos y quieren que yo solucione sus problemas.

- Yo te dije, pe Luiso ndaha’ei poca cosa. Aña entero okyhyje chúpe…- se interrumpió y cambió el tono de voz a uno más amable para continuar-  Mba’éichapa oficial. 


Emilio escuchó una voz intercambiando palabras con la yuyera y una idea vino a su mente. Se vistió con la camisa manchada de coágulos de sangre, dejó el revólver detrás de un estante de santos y salió al encuentro del policía. Esa siesta le perdonó la vida a un ser humano por un precio terrible; su libertad. Y ahora que podía pararse, la tomaría para su propio beneficio.