Payé
(Quinta Parte)
La mirada de cerámica de la
Virgen de Caacupé lo juzgaba del otro lado de la pequeña habitación iluminada
por un solo foco que colgaba del techo. Los orificios de su cuerpo todavía
despedían un líquido espeso pero nada lo molestaba, solo la humillación. El
muchacho y la vieja de mierda lo arrastraron de la calle hasta la tienda como
una bolsa de papas, ninguno lloraría su muerte en caso de suceder lo peor.
- Ivai koa… vos te buscás
problemas, patrón- dijo Ña Ñeca sin preocupación en su voz y continuó revisando
la putrefacta herida- nde, andá traé esa latona con agua que está en la puerta.
Rápido, mi hijo.
El muchacho dudó pero la
confusión lo obligó a actuar automáticamente, la curiosidad lo mantenía en la
tienda de yuyos. Entró a otra habitación también oscura pero más grande, varios
santos de gran tamaño lo vigilaban envueltos en polvorientas bolsas de plástico,
algunos eran tan altos como él. Encontró la latona cerca de una estatua de
calavera rodeado de yuyos; cualquiera reconocería a San La Muerte en su túnica
oscura. Hizo la señal de la cruz y tomó la latona tan rápido como le
permitieron las piernas.
- Rápido…. romopoti koa o
sino…. Ivaiveta- advirtió y derramó el agua sobre la herida, limpió las tripas
y los intestinos como si se tratara de un procedimiento de cocina.
Sacó unas ramas de ruda de
su delantal, puso la palangana con agua a los pies de la Virgen y murmuró unas
palabras mientras lavaba los yuyos. Las sirenas de la policía comenzaron a
retumbar en la distancia, la mujer le señaló un palo de repasar al joven y le
indicó la puerta de entrada al negocio cubierto del líquido negro sin abandonar
su ritual.
- En tu nombre Señora de
Caacupé, Señora del Paraguay, líbranos del mal. Amén.
Enterró la ruda en la herida
y un escalofriante grito recorrió la avenida Petirossi. Los ojos de Emilio
emblanquecieron, las raíces de los yuyos de la tienda crecieron varios
centímetros, algunos tocaron el suelo y se dirigieron a la minúscula
habitación. Doña Ñeca lo golpeó en la
cabeza con un mortero regresándolo a la conciencia, la herida en su estómago
empezó a cerrarse y el dolor se disipó.
- Doce horas, ovalema.
- ¿Doce horas? Apenas me
puedo mover y ese hijo de su madre…. Vos sabías que esos desgraciados estaban
por acá, y no me dijiste nada.
- E’a… mi culpa ahora es.
Che ndaikuaai mba’eve. No me metas en tus macanas. Tenés que agradecer que te
ayudé. Por mí, todos ustedes se pueden morir. Y parece que el mita’i ese se
mandó mudar. ¿Quién pio era?
- Un inútil. Aunque… un
inútil no me vendría mal esta noche.
- ¿Mba’e rejapota?- preguntó
desde la entrada de la tienda.
- Negocio. Esos animales se
pelean entre ellos y quieren que yo solucione sus problemas.
- Yo
te dije, pe Luiso ndaha’ei poca cosa. Aña entero okyhyje chúpe…- se interrumpió
y cambió el tono de voz a uno más amable para continuar- Mba’éichapa oficial.
Emilio
escuchó una voz intercambiando palabras con la yuyera y una idea vino a su
mente. Se vistió con la camisa manchada de coágulos de sangre, dejó el revólver
detrás de un estante de santos y salió al encuentro del policía. Esa siesta le
perdonó la vida a un ser humano por un precio terrible; su libertad. Y ahora
que podía pararse, la tomaría para su propio beneficio.