martes, 28 de abril de 2015

Capítulo 15

Payé 8
(última parte)

La bala santificada viajó a gran velocidad desde atrás del coche estacionado en la vereda hasta el pecho del hombre de rodillas frente al Teatro Municipal. La mano salvadora de Emilio González provocó la consternación de los presentes cuando apretó el gatillo del arma. La víctima cayó sobre los pedazos de vidrio que quedaron del ventanal del edificio. El sonido del disparo todavía retumbaba en los oídos de Martín cuando lo tomaron del brazo y lo arrastraron a una camioneta plateada.

- ¡Jaha!- dijo Emilio y arrancó la camioneta sin esperar comentarios de parte del muchacho.

- ¿Omanó?- preguntó Martín y notó que sus manos temblaban.

- Más vale… ese infeliz no me avisó que algo más iba a pasar. La policía de mierda iba a llegar en cualquier momento.  

- ¿Qué vamos  a hacer?

- Vos vas a volver a tu casa, te duchás, comés un pedazo de pan y te acostás a dormir porque mañana a las siete de la mañana empezás a trabajar. Tomá este celular, vas a usar para comunicarte conmigo y cuestiones de trabajo, nada más. ¿Escuchaste?

- Bueno- asintió Martín con el aparato en la mano, su estómago daba vueltas pero el hambre no era la razón de su malestar.

- Y yo…. Yo voy a averiguar qué carajos pasó en ese Teatro. Tomá para el colectivo, acá te bajás porque tengo cosas que hacer. Mañana a las siete de la mañana y te voy a dar ropa decente también.

Apenas el muchacho puso un pie afuera de la camioneta, él continuó su camino. La explosión en el Municipal no fue un accidente, sus entrañas le aseguraban que un gato estaba encerrado. Se detuvo en un semáforo en rojo en la Avenida Eusebio Ayala cuando su teléfono celular sonó. Intrigado por la llamada, contestó  y decidió hablar con precaución teniendo en cuenta sus recientes acciones.

 - Emilio… Humberto está muerto, che ra’a. Están todos muertos- informó una preocupada voz del otro lado del teléfono- El secretario está en el Palacio de López, no saben qué hacer, el Presidente del Congreso está en la lista de fiambres también. Nos fuimos a la mierda.

- Bueno… voy para allá, tranquilo nomás- contestó al presidente del Partido Rojo.

“Un líder verdadero es aquel que nace en tiempos de caos…” Ese extraño sujeto sabía sobre los sucesos ocurridos esa noche porque el caos nació en el Teatro Municipal. Sin embargo aún quedaba una incógnita, ¿quién es el líder verdadero? La anarquía amenazaba al país y la sombra de un pasado de guerras cubrió el sol del amanecer. 

martes, 21 de abril de 2015

Capítulo 14

Payé 
(séptima parte)

- Que desgracia…. O lo contrario, te hice un favor- sonrió Emilio y lanzó el cigarrillo al suelo- nada más de preguntas, tenemos cosas que hacer.

- Todavía no contesté.

- No te pregunté nada. Tu vida de mierda es mía, te contentás con la plata o lloriqueás hasta que me canse y te mate. Así son las cosas, mi hijo- sentenció y abrió la puerta hacia la tienda de yuyos.

- El personal está listo para llevar al sospechoso a la comisaría, patrón- informó el policía, en sus manos sostenía un par de esposas de metal.

- No hace falta, este mita’i era uno de mis empleados pero ya arreglamos la situación, va a tener su trabajo otra vez. Uno hace macana cuando está enojado, el pobre es un muchacho humilde…. A Emergencias sí hay que llevarle- explicó el viejo del lapacho bajo la atenta mirada de Ña Ñeca.

- ¿No va a denunciar, patrón?

- No me gusta perder el tiempo. Vamos con los policías, mi hijo, hay que hacer ver esa herida. Gracias, Ña Ñeca, rojujeyta.

- Vayan con Dios- se despidió la mujer santiguándose.

“…. Los movimientos de izquierda amenazan con una manifestación esta noche frente al Teatro Municipal Ignacio A. Pane durante la presentación de los eventos por la semana de la Independencia Nacional a realizarse a partir del 10 de mayo de este año. Esta presentación reunirá a importantes empresarios, miembros del congreso y el presidente de la República….

Martín se concentró en la radio de una mujer sin piernas que esperaba a la enfermera para limpiar el muñón. Un doctor joven atravesó su piel con una aguja, limpió la herida como si se tratara de un pedazo de carne listo para el asado y con una pinza removió la bala. Las camillas y sillas de ruedas entraban y salían del salón dónde varios pacientes se acumulaban en una danza con la muerte.

- Vamos a enterrar a tu papá- anunció Emilio repentinamente.

- ¿Para qué?- preguntó sin alejar la atención de la radio.

- ¿Vas a dejar que se pudra en la morgue?

- Se puede podrir en cualquier lado.

- No quiero que la policía piense que vos le mataste, esos tekoreí de la televisión se van a meter si ven algo raro.

- Bueno… che kuerái la gente tekoreí.

- Te voy a recetar algo para el dolor- dijo el doctor cuando terminó de vendar la herida.

Un hombre vestido de harapos con una petaca de caña en la mano los vigilaba bajo la sombra de un árbol de mango. Martín se sentó en un banco colocado en la entrada del hospital, la siesta se terminaba y su vida se volvió un caos. El empresario lo acompañó después de conversar con los policías, quemó otro cigarrillo y sacó una bala del bolsillo de su pantalón. El objeto era puntiagudo y brilló en plata bajo los rayos del sol, el dolor en el brazo del muchacho se agudizó por unos segundos.

- Bendecida en la Basílica de Caacupé por el Obispo. Un solo tiro al corazón y se terminó la historia para ese infeliz- rió Emilio ante la indiferente mirada de Martín.

- ¿Funciona para vos?- preguntó y la sonrisa del empresario se borró.

- No somos iguales. Él se alimenta de muertos, yo doy vida y prosperidad. Dios me tiene en consideración.  
- Rejuka gente…

- Perdón por salvarte, nde malagradecido. Por lo visto no soy yo el que necesita la bendición del Señor. En el teatro te voy a mostrar cómo la mano de Dios limpia los males de este mundo- afirmó y notó la presencia del borracho bajo el mango, tragó saliva, rápidamente guardó la bala.

- Si vos decís.

…..”Aña memby” , así lo llamó la yuyera. Podía enredarse en miles de rosarios y jurar hacer el trabajo de Dios pero cualquier cristiano reconoce las mentiras. Sus habilidades sobrenaturales no eran divinas y sus intenciones tampoco. Sin embargo Dios lo puso en su camino por una razón, la cual esperaba averiguarlo esa noche en el Teatro Municipal.




martes, 14 de abril de 2015

Capítulo 13

Payé
(sexta parte) 

“Payé”…. Pensó corriendo por la avenida Petirossi del Mercado 4 de Asunción. Sus pies dolían, la bala en su brazo quemaba sus músculos pero sólo pensaba en vivir. Esa mañana Martín se levantó como todas las mañanas; oyendo los golpes de su padre alcohólico en la puerta de su humilde casa. Se vistió, aseguró la puerta del dormitorio dónde su hermana pequeña dormía y se enfrentó al borracho en su puerta.

Juró entre incoherencias que encontró un trabajo maravilloso, lo obligó a acompañarlo hasta el centro del Mercado, se detuvieron frente a una tienda de menudencias y supo la verdad. Intentaría convencerlo de robar otra vez, la vida le negó cosas materiales pero le dejó la dignidad de una persona trabajadora. Su padre era un simple delincuente, siempre justificó sus crímenes con la pobreza, sin embargo cada trabajo lo arruinó con el alcohol, y lo dejaron en la calle una y otra vez.

Se detuvo en el semáforo de la calle Perú, tomó unas bocanadas de aire para continuar la carrera. Dio unos pasos en el pavimento cuando la camioneta blanca de la policía obstaculizó su camino. Bajaron dos hombres con uniforme y lo sostuvieron del brazo. A empujones lo subieron al asiento trasero y le advirtieron sobre su mala situación.

-¿Por qué lo que me están llevando, chera’a? Yo no tengo nada que ver, como le va a jugar a gente inocente así.

-Estamos en un procedimiento, amigo. Vos cooperás y la justicia te va ayudar, sencillo es el asunto- respondió el policía conductor.

- ¿Mba’e justicia pio? Yo trabajo…

- Si, todo el mundo trabaja, todo el mundo es inocente. Estamos llenos de ciudadanos honrados.

Martín percibió el desagradable sarcasmo en la voz del policía y se calló. Sus neuronas trabajaban a la velocidad de la luz para salvarlo de esa situación. Correr dejó de ser una opción y cualquier acto desesperado lo haría ver como culpable. ¿Qué pasaría si contaba la verdad sobre su herida y el viejo recostado por el lapacho? Si nadie creía en su inocencia tampoco creerían el cuento de un árbol que se mueve solo. 

La camioneta se detuvo frente a un conocido puesto de yuyos, lo bajaron a empujones como si se tratara de un criminal perseguido y lo acompañaron al interior del local. San La Muerte seguía parado alrededor de hierbas aromáticas, congelado en el tiempo pero las cuencas oscuras del cráneo parecían vigilarlo.

El viejo del lapacho sonrió al verlo ingresar a la pequeña habitación una vez más, los policías lo sentaron frente a él y salieron sin decir una palabra. Martín tragó saliva, el viejo vestía la camisa manchada de sangre, encendió un cigarrillo y suspiró. 

- Les dije que me disparaste- empezó el viejo y el miedo se transformó en terror – una palabra mía y te pudrís en la cárcel.

- No es cierto, yo no le disparé- afirmó Martín para convencerse de su verdad.

- Sí, pero nadie más sabe eso. Es tu palabra, un muerto de hambre contra la mía; Emilio González. Si eso no te dice nada te doy una pista, todo un partido come de mi mano.

- ¿Mba’e reipota?

- Un secretario. Sueldo mensual, comisión…. Cualquier boludez que se te ocurre, seguro tenés a alguien que mantener. La gente como vos siempre arrastra sus cruces por ahí.

- ¿Secretario?

- ¿Sabés escribir, leer... usar una computadora?

- Sí. Pero esa cosas del demonio, pe’a nda che gustái- dijo y dirigió la mirada a la estatua de la Virgen de Caacupé.

- ¡Mba’e cosa del demonio pio! Che ko ha’e la salvación, che ra’a. ¿Reikuaá mba’épa he’ise luisón?

- Aikuaa…

- Rojukata, che ajuka cosa del demonio. Ñandejára hína ome’e chéve pe don- interrumpió al muchacho e hizo la señal de la cruz- solucionada esa parte, ¿quién era el infeliz que maté hace rato? La policía va a querer saber…. Procedimiento.

- Mi papá- respondió sin demostrar emoción alguna.