lunes, 4 de mayo de 2015

Capítulo 16

El Caos

Primera parte

Las gruesas gotas rojas formaron charcos alrededor de la mesa dónde el cuerpo reposaba inmóvil, la llama de la vela se extinguió y el humo se esparció por la habitación dónde Emilia discutía con su perturbada conciencia. Sus largos cabellos rubios se mancharon de sudor y sus pantalones oscuros absorbieron parte de la sangre del suelo, los elegantes calzados del hombre del cigarro la rodeaban en un incansable vaivén de pasos.

- Está muerta- afirmó con frialdad- ¿qué vas a hacer?

- Elizabeth…. Elizabeth….- murmuró la joven con la mirada clavada en el piso.

- Alguien más mencionó ese nombre esta noche.

- El mesero- contestó y se levantó limpiándose las lágrimas.

Caminó por las calles céntricas de la ciudad ignorando el mundo despertar a un día normal, varias personas intercambiaban comentarios sobre los sucesos de la noche y madrugada pero nadie conocía la verdad escondida detrás de los macabros hechos. Las radios y televisores relataban las últimas noticias, los periodistas amanecieron frente al Palacio de López y el Congreso dónde los militares formaron cadenas de protección. Las protestas disminuyeron pero los líderes de diferentes organizaciones prometieron marchar en búsqueda de la verdad.

El café abrió sus puertas en la incertidumbre, Giovanni limpiaba una de las mesas cuando descubrió la figura de Emilia en la puerta. Entró casualmente y su mejilla estalló en una cachetada sorprendentemente fuerte juzgando por la delgada constitución física de la muchacha.

- Es tu culpa, ella está muerta por tu culpa- dijo Emilia preparada para repartir golpes.

- ¿Qué?- preguntó el mesero mientras las ondas del golpe viajaban por sus terminaciones nerviosas nublando su mente.

- Mi mamá está muerta por culpa de Elizabeth- repitió y sus manos temblaban por efecto del enojo.

La mención de Miss Elizabeth en los labios de la joven dejó al mesero inmóvil, su rostro empalideció y la tomó del brazo conduciéndola afuera del café. Faltaban palabras para describir el terror inspirado por el nombre de la mujer, el mesero vigiló la calle desierta y por un momento percibió un olor a tabaco.

Los cascos de un caballo lo distrajo del olor, al final de la calle un jinete vestido de negro con collares de plata detuvo la marcha. Un rayo de luz los cegó mientras el caballo retomó su camino, galopaba hacia ellos, Giovanni empujó a Emilia fuera del alcance del extraño jinete. El mesero tomó una especie de cuchillo de un cinturón escondido bajo su camisa blanca, realizó un corte al animal pero el hombre continuó su camino ileso. 

Volvió sobre sus pasos y esta vez el jinete tomó al mesero del cuello de su camisa, lo arrastró media cuadra pero éste forcejeó para liberarse. Emilia corrió para ayudarlo, la adrenalina paseó por sus venas acelerando el latido de su corazón, el extraño personaje olvidó a su víctima y golpeó a la muchacha en su huida en el caballo negro.

- ¡Giovanni!- gritó mareada, el miedo regresó congelando sus músculos.

- Acá estoy, Emilia- dijo el mesero rodeándola en sus brazos.

- ¿Qué pasa? ¿Por qué nadie me explica nada? ¿Por qué?

- Voy a ayudarte, voy a protegerte, nada de esto es tu culpa- afirmó Giovanni y con su puño limpió las lágrimas de la inocente joven.

- ¿Por qué me persiguen?

- Porque viste algo que nadie debía ver. Yo no voy a lastimarte pero otras personas sí lo harán. Esto es el caos, Emilia y cuando el caos se desata debes encontrar algo de dónde sostenerte. Yo puedo ser ese sostén.

- Ni siquiera me conocés. Y yo no te conozco.

- Sí, nos conocemos- aseguró con una sonrisa.

“El Palacio de López continúa fuertemente custodiado por fuerzas militares, las protestas se dieron una pausa mientras la Policía Nacional investiga la escena del crimen en el Teatro Municipal. Las calles cercanas han sido clausuradas y está prohibido el ingreso de personas ajenas al departamento de Policía. Hasta ahora no se dio un pronunciamiento oficial acerca de los hechos, el grupo armado Vencer o Morir tampoco ha reclamado la autoría de esta tragedia. La ciudadanía teme que más actos de terrorismo….”         

 


martes, 28 de abril de 2015

Capítulo 15

Payé 8
(última parte)

La bala santificada viajó a gran velocidad desde atrás del coche estacionado en la vereda hasta el pecho del hombre de rodillas frente al Teatro Municipal. La mano salvadora de Emilio González provocó la consternación de los presentes cuando apretó el gatillo del arma. La víctima cayó sobre los pedazos de vidrio que quedaron del ventanal del edificio. El sonido del disparo todavía retumbaba en los oídos de Martín cuando lo tomaron del brazo y lo arrastraron a una camioneta plateada.

- ¡Jaha!- dijo Emilio y arrancó la camioneta sin esperar comentarios de parte del muchacho.

- ¿Omanó?- preguntó Martín y notó que sus manos temblaban.

- Más vale… ese infeliz no me avisó que algo más iba a pasar. La policía de mierda iba a llegar en cualquier momento.  

- ¿Qué vamos  a hacer?

- Vos vas a volver a tu casa, te duchás, comés un pedazo de pan y te acostás a dormir porque mañana a las siete de la mañana empezás a trabajar. Tomá este celular, vas a usar para comunicarte conmigo y cuestiones de trabajo, nada más. ¿Escuchaste?

- Bueno- asintió Martín con el aparato en la mano, su estómago daba vueltas pero el hambre no era la razón de su malestar.

- Y yo…. Yo voy a averiguar qué carajos pasó en ese Teatro. Tomá para el colectivo, acá te bajás porque tengo cosas que hacer. Mañana a las siete de la mañana y te voy a dar ropa decente también.

Apenas el muchacho puso un pie afuera de la camioneta, él continuó su camino. La explosión en el Municipal no fue un accidente, sus entrañas le aseguraban que un gato estaba encerrado. Se detuvo en un semáforo en rojo en la Avenida Eusebio Ayala cuando su teléfono celular sonó. Intrigado por la llamada, contestó  y decidió hablar con precaución teniendo en cuenta sus recientes acciones.

 - Emilio… Humberto está muerto, che ra’a. Están todos muertos- informó una preocupada voz del otro lado del teléfono- El secretario está en el Palacio de López, no saben qué hacer, el Presidente del Congreso está en la lista de fiambres también. Nos fuimos a la mierda.

- Bueno… voy para allá, tranquilo nomás- contestó al presidente del Partido Rojo.

“Un líder verdadero es aquel que nace en tiempos de caos…” Ese extraño sujeto sabía sobre los sucesos ocurridos esa noche porque el caos nació en el Teatro Municipal. Sin embargo aún quedaba una incógnita, ¿quién es el líder verdadero? La anarquía amenazaba al país y la sombra de un pasado de guerras cubrió el sol del amanecer. 

martes, 21 de abril de 2015

Capítulo 14

Payé 
(séptima parte)

- Que desgracia…. O lo contrario, te hice un favor- sonrió Emilio y lanzó el cigarrillo al suelo- nada más de preguntas, tenemos cosas que hacer.

- Todavía no contesté.

- No te pregunté nada. Tu vida de mierda es mía, te contentás con la plata o lloriqueás hasta que me canse y te mate. Así son las cosas, mi hijo- sentenció y abrió la puerta hacia la tienda de yuyos.

- El personal está listo para llevar al sospechoso a la comisaría, patrón- informó el policía, en sus manos sostenía un par de esposas de metal.

- No hace falta, este mita’i era uno de mis empleados pero ya arreglamos la situación, va a tener su trabajo otra vez. Uno hace macana cuando está enojado, el pobre es un muchacho humilde…. A Emergencias sí hay que llevarle- explicó el viejo del lapacho bajo la atenta mirada de Ña Ñeca.

- ¿No va a denunciar, patrón?

- No me gusta perder el tiempo. Vamos con los policías, mi hijo, hay que hacer ver esa herida. Gracias, Ña Ñeca, rojujeyta.

- Vayan con Dios- se despidió la mujer santiguándose.

“…. Los movimientos de izquierda amenazan con una manifestación esta noche frente al Teatro Municipal Ignacio A. Pane durante la presentación de los eventos por la semana de la Independencia Nacional a realizarse a partir del 10 de mayo de este año. Esta presentación reunirá a importantes empresarios, miembros del congreso y el presidente de la República….

Martín se concentró en la radio de una mujer sin piernas que esperaba a la enfermera para limpiar el muñón. Un doctor joven atravesó su piel con una aguja, limpió la herida como si se tratara de un pedazo de carne listo para el asado y con una pinza removió la bala. Las camillas y sillas de ruedas entraban y salían del salón dónde varios pacientes se acumulaban en una danza con la muerte.

- Vamos a enterrar a tu papá- anunció Emilio repentinamente.

- ¿Para qué?- preguntó sin alejar la atención de la radio.

- ¿Vas a dejar que se pudra en la morgue?

- Se puede podrir en cualquier lado.

- No quiero que la policía piense que vos le mataste, esos tekoreí de la televisión se van a meter si ven algo raro.

- Bueno… che kuerái la gente tekoreí.

- Te voy a recetar algo para el dolor- dijo el doctor cuando terminó de vendar la herida.

Un hombre vestido de harapos con una petaca de caña en la mano los vigilaba bajo la sombra de un árbol de mango. Martín se sentó en un banco colocado en la entrada del hospital, la siesta se terminaba y su vida se volvió un caos. El empresario lo acompañó después de conversar con los policías, quemó otro cigarrillo y sacó una bala del bolsillo de su pantalón. El objeto era puntiagudo y brilló en plata bajo los rayos del sol, el dolor en el brazo del muchacho se agudizó por unos segundos.

- Bendecida en la Basílica de Caacupé por el Obispo. Un solo tiro al corazón y se terminó la historia para ese infeliz- rió Emilio ante la indiferente mirada de Martín.

- ¿Funciona para vos?- preguntó y la sonrisa del empresario se borró.

- No somos iguales. Él se alimenta de muertos, yo doy vida y prosperidad. Dios me tiene en consideración.  
- Rejuka gente…

- Perdón por salvarte, nde malagradecido. Por lo visto no soy yo el que necesita la bendición del Señor. En el teatro te voy a mostrar cómo la mano de Dios limpia los males de este mundo- afirmó y notó la presencia del borracho bajo el mango, tragó saliva, rápidamente guardó la bala.

- Si vos decís.

…..”Aña memby” , así lo llamó la yuyera. Podía enredarse en miles de rosarios y jurar hacer el trabajo de Dios pero cualquier cristiano reconoce las mentiras. Sus habilidades sobrenaturales no eran divinas y sus intenciones tampoco. Sin embargo Dios lo puso en su camino por una razón, la cual esperaba averiguarlo esa noche en el Teatro Municipal.




martes, 14 de abril de 2015

Capítulo 13

Payé
(sexta parte) 

“Payé”…. Pensó corriendo por la avenida Petirossi del Mercado 4 de Asunción. Sus pies dolían, la bala en su brazo quemaba sus músculos pero sólo pensaba en vivir. Esa mañana Martín se levantó como todas las mañanas; oyendo los golpes de su padre alcohólico en la puerta de su humilde casa. Se vistió, aseguró la puerta del dormitorio dónde su hermana pequeña dormía y se enfrentó al borracho en su puerta.

Juró entre incoherencias que encontró un trabajo maravilloso, lo obligó a acompañarlo hasta el centro del Mercado, se detuvieron frente a una tienda de menudencias y supo la verdad. Intentaría convencerlo de robar otra vez, la vida le negó cosas materiales pero le dejó la dignidad de una persona trabajadora. Su padre era un simple delincuente, siempre justificó sus crímenes con la pobreza, sin embargo cada trabajo lo arruinó con el alcohol, y lo dejaron en la calle una y otra vez.

Se detuvo en el semáforo de la calle Perú, tomó unas bocanadas de aire para continuar la carrera. Dio unos pasos en el pavimento cuando la camioneta blanca de la policía obstaculizó su camino. Bajaron dos hombres con uniforme y lo sostuvieron del brazo. A empujones lo subieron al asiento trasero y le advirtieron sobre su mala situación.

-¿Por qué lo que me están llevando, chera’a? Yo no tengo nada que ver, como le va a jugar a gente inocente así.

-Estamos en un procedimiento, amigo. Vos cooperás y la justicia te va ayudar, sencillo es el asunto- respondió el policía conductor.

- ¿Mba’e justicia pio? Yo trabajo…

- Si, todo el mundo trabaja, todo el mundo es inocente. Estamos llenos de ciudadanos honrados.

Martín percibió el desagradable sarcasmo en la voz del policía y se calló. Sus neuronas trabajaban a la velocidad de la luz para salvarlo de esa situación. Correr dejó de ser una opción y cualquier acto desesperado lo haría ver como culpable. ¿Qué pasaría si contaba la verdad sobre su herida y el viejo recostado por el lapacho? Si nadie creía en su inocencia tampoco creerían el cuento de un árbol que se mueve solo. 

La camioneta se detuvo frente a un conocido puesto de yuyos, lo bajaron a empujones como si se tratara de un criminal perseguido y lo acompañaron al interior del local. San La Muerte seguía parado alrededor de hierbas aromáticas, congelado en el tiempo pero las cuencas oscuras del cráneo parecían vigilarlo.

El viejo del lapacho sonrió al verlo ingresar a la pequeña habitación una vez más, los policías lo sentaron frente a él y salieron sin decir una palabra. Martín tragó saliva, el viejo vestía la camisa manchada de sangre, encendió un cigarrillo y suspiró. 

- Les dije que me disparaste- empezó el viejo y el miedo se transformó en terror – una palabra mía y te pudrís en la cárcel.

- No es cierto, yo no le disparé- afirmó Martín para convencerse de su verdad.

- Sí, pero nadie más sabe eso. Es tu palabra, un muerto de hambre contra la mía; Emilio González. Si eso no te dice nada te doy una pista, todo un partido come de mi mano.

- ¿Mba’e reipota?

- Un secretario. Sueldo mensual, comisión…. Cualquier boludez que se te ocurre, seguro tenés a alguien que mantener. La gente como vos siempre arrastra sus cruces por ahí.

- ¿Secretario?

- ¿Sabés escribir, leer... usar una computadora?

- Sí. Pero esa cosas del demonio, pe’a nda che gustái- dijo y dirigió la mirada a la estatua de la Virgen de Caacupé.

- ¡Mba’e cosa del demonio pio! Che ko ha’e la salvación, che ra’a. ¿Reikuaá mba’épa he’ise luisón?

- Aikuaa…

- Rojukata, che ajuka cosa del demonio. Ñandejára hína ome’e chéve pe don- interrumpió al muchacho e hizo la señal de la cruz- solucionada esa parte, ¿quién era el infeliz que maté hace rato? La policía va a querer saber…. Procedimiento.

- Mi papá- respondió sin demostrar emoción alguna.




miércoles, 25 de febrero de 2015

Capítulo 12

Payé 
(Quinta Parte)

La mirada de cerámica de la Virgen de Caacupé lo juzgaba del otro lado de la pequeña habitación iluminada por un solo foco que colgaba del techo. Los orificios de su cuerpo todavía despedían un líquido espeso pero nada lo molestaba, solo la humillación. El muchacho y la vieja de mierda lo arrastraron de la calle hasta la tienda como una bolsa de papas, ninguno lloraría su muerte en caso de suceder lo peor.

- Ivai koa… vos te buscás problemas, patrón- dijo Ña Ñeca sin preocupación en su voz y continuó revisando la putrefacta herida- nde, andá traé esa latona con agua que está en la puerta. Rápido, mi hijo.

El muchacho dudó pero la confusión lo obligó a actuar automáticamente, la curiosidad lo mantenía en la tienda de yuyos. Entró a otra habitación también oscura pero más grande, varios santos de gran tamaño lo vigilaban envueltos en polvorientas bolsas de plástico, algunos eran tan altos como él. Encontró la latona cerca de una estatua de calavera rodeado de yuyos; cualquiera reconocería a San La Muerte en su túnica oscura. Hizo la señal de la cruz y tomó la latona tan rápido como le permitieron las piernas.  

- Rápido…. romopoti koa o sino…. Ivaiveta- advirtió y derramó el agua sobre la herida, limpió las tripas y los intestinos como si se tratara de un procedimiento de cocina.

Sacó unas ramas de ruda de su delantal, puso la palangana con agua a los pies de la Virgen y murmuró unas palabras mientras lavaba los yuyos. Las sirenas de la policía comenzaron a retumbar en la distancia, la mujer le señaló un palo de repasar al joven y le indicó la puerta de entrada al negocio cubierto del líquido negro sin abandonar su ritual.

- En tu nombre Señora de Caacupé, Señora del Paraguay, líbranos del mal. Amén.

Enterró la ruda en la herida y un escalofriante grito recorrió la avenida Petirossi. Los ojos de Emilio emblanquecieron, las raíces de los yuyos de la tienda crecieron varios centímetros, algunos tocaron el suelo y se dirigieron a la minúscula habitación.  Doña Ñeca lo golpeó en la cabeza con un mortero regresándolo a la conciencia, la herida en su estómago empezó a cerrarse y el dolor se disipó.

- Doce horas, ovalema.

- ¿Doce horas? Apenas me puedo mover y ese hijo de su madre…. Vos sabías que esos desgraciados estaban por acá, y no me dijiste nada.

- E’a… mi culpa ahora es. Che ndaikuaai mba’eve. No me metas en tus macanas. Tenés que agradecer que te ayudé. Por mí, todos ustedes se pueden morir. Y parece que el mita’i ese se mandó mudar. ¿Quién pio era?

- Un inútil. Aunque… un inútil no me vendría mal esta noche.

- ¿Mba’e rejapota?- preguntó desde la entrada de la tienda.

- Negocio. Esos animales se pelean entre ellos y quieren que yo solucione sus problemas.

- Yo te dije, pe Luiso ndaha’ei poca cosa. Aña entero okyhyje chúpe…- se interrumpió y cambió el tono de voz a uno más amable para continuar-  Mba’éichapa oficial. 


Emilio escuchó una voz intercambiando palabras con la yuyera y una idea vino a su mente. Se vistió con la camisa manchada de coágulos de sangre, dejó el revólver detrás de un estante de santos y salió al encuentro del policía. Esa siesta le perdonó la vida a un ser humano por un precio terrible; su libertad. Y ahora que podía pararse, la tomaría para su propio beneficio.