miércoles, 16 de abril de 2014

Capítulo 6



Asunción de Noche
(sexta parte) 

Giovanni suspiró fastidiado por la nueva aparición pero no necesariamente sorprendido o asustado, uno de los perros negros saltó a la camilla de la muchacha y percibió un hedor nauseabundo proveniente del animal. Ahogó sus ganas de gritar porque continuaba debatiendo en su interior si lo ocurrido era una continuación de sus pesadillas o una perturbadora realidad. Su cuerpo temblaba convencido del peligro y el escalofrío subiendo por su nuca le decía que el perro rabioso era real. 

- ¿Por qué? ¿Por qué el Dios de los cristianos me castiga de esta manera?- se cuestionó el mesero y uno de los perros negros mordió su muñeca. Giovanni gritó de dolor, golpeó al animal con su mano libre pero lo soltó cuando el hombre de cabellos blancos chasqueó los dedos. 

- La muñeca está repleta de venas y arterias, sería un verdadero peligro si algo las cortara, la sangre escaparía tan rápido y en cantidades morbosas que salvar tu vida dependería de una cuestión de minutos. Es una suerte encontrarnos en un hospital… lastimosamente los doctores no son de gran ayuda en este momento- afirmó el hombre con una voz suave, musical. Su bello semblante se mantenía calmado y arregló los gemelos de su elegante traje mientras hablaba. 

- ¿Vos también le ves?- preguntó Emilia concentrada en la amenaza de los gruñidos del animal. 

- ¡El estúpido me acaba de cortar las venas! ¡Ver o no ya no está en discusión!.... – exclamó el mesero enojado, apretó la herida con su mano derecha pero la sangre no dejaba de escapar de su brazo- Eleazar.... ella estaba lastimada, no podía dejarla así. 

- Y la trajiste a este…. este lugar – inquirió con una mueca de disgusto-  demoraste en llegar al teatro. Miss Elizabeth tiene dedicadas una o dos palabras a ti. Y eres afortunado de que sólo son palabras.  

- Voy…. Iré junto a ella, la veré hoy, lo juro- afirmó Giovanni sintiéndose mareado. 

- No confío en tus juramentos, Giovanni. Vendrás conmigo. 

- Pero Emilia... ella no puede…. no puedo dejarla sola. Está herida y…. su casa- intentó concentrarse en la realidad pero el mundo se derretía ante sus ojos. 

- Ella no necesita un hospital- dijo Eleazar, tomó el brazo herido de la muchacha y con un movimiento rápido arrancó el hilo con el cual cerraron el corte, Emilia intentó defenderse pero el dolor la debilitó y una fuerza inexplicable la mantenía acostada en la camilla.  

Eleazar dirigió una mirada penetrante a la muchacha y un dolor aún más profundo golpeó su cabeza, vio al caballo decapitado de sus pesadillas en la sala del hospital y un grito escapó de su garganta. El dolor se acentuó, su cerebro era una telaraña de conexiones neuronales, impulsos eléctricos manipulados por una fuerza externa; el extraño de cabellos blancos. Cuando la intromisión cesó,  la herida en su brazo había desaparecido, el tejido sano y libre de cicatrices lucía perfecto. 

- Eleazar…. Por favor, estoy…. estoy- balbuceaba el joven de ojos verdes, la sangre de su muñeca formó un charco en el piso del hospital. 

- Estás muriendo, debería permitir que sanes en la manera tradicional pero Miss Elizabeth estima tu minúscula vida- un extraño acento acompañaba su melodiosa voz, parecía inglés pero poseía un admirable dominio del castellano. 

- No entiendo nada- confesó Emilia contemplando atónita a Eleazar, dueño de un rostro casi femenino, su manera elegante y delicada de conducirse contrastaba con sus crueles acciones. 

- Perfecto. Continuarás viva cuanto menos entiendas – sonrió el hombre de cabellos plateados y tocó la muñeca de Giovanni. 

- ¡Ya! ¡Entiendo…. carajo! ¡Basta! – gritó Giovanni llorando de rabia mientras Eleazar jugaba en su mente. 

- Acompáñenme. Este lugar es triste y me enferma.

Los tres perros negros siguieron a Eleazar a través de la sala, el mesero tomó el bolso de Emilia y le ofreció una mano para levantarse de la camilla. Las personas continuaban estáticas en sus respectivos lugares, parecían estatuas de cera. Afuera del hospital también encontraron a un grupo de personas congeladas en el tiempo, sin embargo los automóviles se movían a una velocidad habitual.   

- La golpeaste- dijo Eleazar y se detuvo a inspeccionar los moretones en la cara de Emilia.

- No quería acompañarme… algo tenía que hacer- se justificó el mesero. 

- Eres un imbécil, ¡un bruto que ignora cómo tratar a una dama! Mereces un castigo, Giovanni. 

- Tu presencia es suficiente castigo para mí- aseguró Giovanni, sólo la idea de enfrentar a Miss Elizabeth ocupaba su mente. 

- Ve a casa, niña. No pediré que olvides lo ocurrido porque debes recordar, recuerda esta noche por el resto de tus días- afirmó con una sonrisa y acarició el rostro de Emilia. 

Giovanni le entregó su bolso. Repentinamente el hospital recobró su movimiento habitual, los perros negros se retiraron detrás de Eleazar y el mesero los siguió a regañadientes. Se quedó parada sin saber cómo reaccionar, miraba a las personas y ninguna recordaba los últimos eventos insólitos en el hospital. 

- Eso sí que fue interesante- dijo el hombre trajeado sentado en un banco afuera del hospital, acariciaba el cigarro entre sus dedos y lanzó una bocanada de humo, las pesadillas en el país de las maravillas recién comenzaban.

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