martes, 22 de abril de 2014

Capítulo 7



Asunción de Noche
(Séptima Parte)

- Sí, el país se fue a la mierda esta noche- afirmó Emilia y tocó el brazo dónde minutos antes tenía un corte suturado. 

- El país de las maravillas- murmuró el hombre, pensativo.

- ¿Cómo sabía lo del país de las maravillas? ¿Qué pasó ahí adentro?- preguntó confundida. 

- Todos saben lo del país de las maravillas, leés el mismo libro todas las noches en el mismo lugar. Sos demasiado escéptica para ser una loca dependiente de pastillas y tu estúpido psiquiatra.

- Todo se siente muy real- confesó recordando el peso del perro negro sobre ella. 

- La realidad es relativa, Emilia. ¿Querés saber qué es real? Dejá esas pastillas de porquería, dejá de sentirte una perra miserable…. Mil personas murieron hoy en el Teatro y a parte de esos curiosos personajes, vos sos la única sobreviviente. La gente va a querer respuestas pero no van a creer una sola palabra de alguien con tu pinta- afirmó el hombre y lanzó una bocanada de humo al rostro de Emilia- Andá a tu casa, bañáte, peináte…. No sé. 

- No es mi pinta, cualquier cosa que diga va a sonar estúpida o imposible, y cuando sepan que voy a un psiquiatra mi historia nunca va a tener sentido. Nada en mi vida tiene sentido. 

- ¡Pobrecita! La princesita atrapada en una torre…. ¿cuál de los dos es tu príncipe azul? ¿el mesero del café o el tipo de pelo blanco? – preguntó sarcásticamente. 

- No tengo por qué escucharte- sentenció enojada y se levantó del banco. 

Emilia pasó frente a la cámara de un canal de televisión que cubría las crónicas nocturnas desde el hospital, escuchó menciones del teatro y una tragedia sin precedentes en el país. Caminó sintiendo los pasos del hombre del cigarro detrás de los suyos, siempre los escuchaba aunque sólo ella lo veía. Caminó acompañada de la brisa de la madrugada, ignoró los comentarios del hombre que la perseguía como una sombra, prefería el silencio.
Llegó a su casa situada a dos cuadras de la calle Pettirossi cuando la oscuridad todavía era absoluta y abrió la puerta con su propia llave, su madre nunca se preocupaba por ella. A veces preguntaba por preguntar cómo se sentía y volvía a los papeleos del trabajo, sin escuchar la respuesta. Cruzó la sala en dirección a las escaleras cuando notó una luz titilante proveniente del comedor, se acercó con curiosidad y descubrió una vela decorada con un rosario de plata encendida en la mesa. Presionó el interruptor de la luz y todo su ser se congeló por un instante, su respiración se detuvo y un escalofrío subió por su espina hasta invadirla enteramente. 

Su madre estaba clavada a la mesa, su cuerpo desnudo marcado por laberintos de sangre, sus muñecas y tobillos atravesados por cuchillos empapados en rojo la impedían moverse. Aparentemente sumida en la inconsciencia tampoco intentaba moverse, un hombre alto de piel oscura ingresó al comedor con un plato de torta marmolada de su madre en las manos. Vestía pantalón y remera negra, un crucifijo de plata de importante tamaño resaltaba en su pecho. 

Emilia lo golpeó con su bolso y corrió en dirección a la puerta de salida pero una mujer la detuvo, vestía de la misma manera que el hombre pero en su cuello resplandecían varios collares de distintos tamaños, el fino taco de sus botas oscuras laceraba el piso mientras la conducía de vuelta al comedor. Sus manos pálidas sostenían un grueso cuchillo de cocina, la mujer despedía un agradable aroma a incienso y por un segundo, Emilia se sintió más tranquila. 

- Muy mala educación no saludar a visitante- saludó el hombre del crucifijo con acento norteamericano y un peculiar castellano. 

- Andáte a la mierda- dijo Emilia y escupió al hombre en el rostro, la mujer la volteó y le dio una cachetada. 

- ¡NO! ¡No, no, no! El Señor dijo si tu enemigo golpear en una mejilla, dar la otra. Nuestro Señor Jesucristo sabio perdonar tu pecado- afirmó dirigiéndose a la mujer. 

- ¡¿Qué le hiciste a mi mamá?! – gritó la muchacha con lágrimas en los ojos. 

- Aún viva pero sangre… sangre se acaba. Ella es pecadora y los pecadores manchados por la ruindad del pecado deben morir.  

- ¡Dije que no iba decir nada! ¡Nadie me va a creer! ¡No sé nada!

- Ése es problema, you know nothing. You should know some things*…. Por eso estoy aquí hoy. Quiero ayuda, Emilia- dijo el hombre en tono suplicante. 

- ¡¿Por qué todos los locos de mierda están detrás de mí esta noche?!- se quejó llorando con rabia. 

- Quiero favor, Emilia. ¿Ayudarás?- preguntó y se llevó a la boca el último pedazo de torta que su madre acostumbraba preparar los viernes para el fin de semana.  

- Decí sí, no importa si tu mamá está muerta, no importa nada…. Decí que sí y se terminó- sugirió el hombre del cigarro que se mantenía parado al lado de Emilia tan sorprendido como ella por la inesperada visita. 

- Necesito llegar a la perra de Elizabeth y tú ayudarás porque eres la pieza de sobra en el puzzle.            

- No sé quién es Elizabeth- afirmó la muchacha y sintió el cuchillo de cocina besando su cuello. 

- Lo sabrás, niña- aseguró el hombre y la bendijo hacienda la señal de la cruz.  

- El padre no miente- dijo finalmente la mujer de los collares, su acento también era extranjero y su voz se hundió en los oídos de Emilia como una piedra se hunde en un estanque de agua. ¿Cuánto más perdería antes del amanecer?
 
*No sabes nada, deberías saber cosas.

miércoles, 16 de abril de 2014

Capítulo 6



Asunción de Noche
(sexta parte) 

Giovanni suspiró fastidiado por la nueva aparición pero no necesariamente sorprendido o asustado, uno de los perros negros saltó a la camilla de la muchacha y percibió un hedor nauseabundo proveniente del animal. Ahogó sus ganas de gritar porque continuaba debatiendo en su interior si lo ocurrido era una continuación de sus pesadillas o una perturbadora realidad. Su cuerpo temblaba convencido del peligro y el escalofrío subiendo por su nuca le decía que el perro rabioso era real. 

- ¿Por qué? ¿Por qué el Dios de los cristianos me castiga de esta manera?- se cuestionó el mesero y uno de los perros negros mordió su muñeca. Giovanni gritó de dolor, golpeó al animal con su mano libre pero lo soltó cuando el hombre de cabellos blancos chasqueó los dedos. 

- La muñeca está repleta de venas y arterias, sería un verdadero peligro si algo las cortara, la sangre escaparía tan rápido y en cantidades morbosas que salvar tu vida dependería de una cuestión de minutos. Es una suerte encontrarnos en un hospital… lastimosamente los doctores no son de gran ayuda en este momento- afirmó el hombre con una voz suave, musical. Su bello semblante se mantenía calmado y arregló los gemelos de su elegante traje mientras hablaba. 

- ¿Vos también le ves?- preguntó Emilia concentrada en la amenaza de los gruñidos del animal. 

- ¡El estúpido me acaba de cortar las venas! ¡Ver o no ya no está en discusión!.... – exclamó el mesero enojado, apretó la herida con su mano derecha pero la sangre no dejaba de escapar de su brazo- Eleazar.... ella estaba lastimada, no podía dejarla así. 

- Y la trajiste a este…. este lugar – inquirió con una mueca de disgusto-  demoraste en llegar al teatro. Miss Elizabeth tiene dedicadas una o dos palabras a ti. Y eres afortunado de que sólo son palabras.  

- Voy…. Iré junto a ella, la veré hoy, lo juro- afirmó Giovanni sintiéndose mareado. 

- No confío en tus juramentos, Giovanni. Vendrás conmigo. 

- Pero Emilia... ella no puede…. no puedo dejarla sola. Está herida y…. su casa- intentó concentrarse en la realidad pero el mundo se derretía ante sus ojos. 

- Ella no necesita un hospital- dijo Eleazar, tomó el brazo herido de la muchacha y con un movimiento rápido arrancó el hilo con el cual cerraron el corte, Emilia intentó defenderse pero el dolor la debilitó y una fuerza inexplicable la mantenía acostada en la camilla.  

Eleazar dirigió una mirada penetrante a la muchacha y un dolor aún más profundo golpeó su cabeza, vio al caballo decapitado de sus pesadillas en la sala del hospital y un grito escapó de su garganta. El dolor se acentuó, su cerebro era una telaraña de conexiones neuronales, impulsos eléctricos manipulados por una fuerza externa; el extraño de cabellos blancos. Cuando la intromisión cesó,  la herida en su brazo había desaparecido, el tejido sano y libre de cicatrices lucía perfecto. 

- Eleazar…. Por favor, estoy…. estoy- balbuceaba el joven de ojos verdes, la sangre de su muñeca formó un charco en el piso del hospital. 

- Estás muriendo, debería permitir que sanes en la manera tradicional pero Miss Elizabeth estima tu minúscula vida- un extraño acento acompañaba su melodiosa voz, parecía inglés pero poseía un admirable dominio del castellano. 

- No entiendo nada- confesó Emilia contemplando atónita a Eleazar, dueño de un rostro casi femenino, su manera elegante y delicada de conducirse contrastaba con sus crueles acciones. 

- Perfecto. Continuarás viva cuanto menos entiendas – sonrió el hombre de cabellos plateados y tocó la muñeca de Giovanni. 

- ¡Ya! ¡Entiendo…. carajo! ¡Basta! – gritó Giovanni llorando de rabia mientras Eleazar jugaba en su mente. 

- Acompáñenme. Este lugar es triste y me enferma.

Los tres perros negros siguieron a Eleazar a través de la sala, el mesero tomó el bolso de Emilia y le ofreció una mano para levantarse de la camilla. Las personas continuaban estáticas en sus respectivos lugares, parecían estatuas de cera. Afuera del hospital también encontraron a un grupo de personas congeladas en el tiempo, sin embargo los automóviles se movían a una velocidad habitual.   

- La golpeaste- dijo Eleazar y se detuvo a inspeccionar los moretones en la cara de Emilia.

- No quería acompañarme… algo tenía que hacer- se justificó el mesero. 

- Eres un imbécil, ¡un bruto que ignora cómo tratar a una dama! Mereces un castigo, Giovanni. 

- Tu presencia es suficiente castigo para mí- aseguró Giovanni, sólo la idea de enfrentar a Miss Elizabeth ocupaba su mente. 

- Ve a casa, niña. No pediré que olvides lo ocurrido porque debes recordar, recuerda esta noche por el resto de tus días- afirmó con una sonrisa y acarició el rostro de Emilia. 

Giovanni le entregó su bolso. Repentinamente el hospital recobró su movimiento habitual, los perros negros se retiraron detrás de Eleazar y el mesero los siguió a regañadientes. Se quedó parada sin saber cómo reaccionar, miraba a las personas y ninguna recordaba los últimos eventos insólitos en el hospital. 

- Eso sí que fue interesante- dijo el hombre trajeado sentado en un banco afuera del hospital, acariciaba el cigarro entre sus dedos y lanzó una bocanada de humo, las pesadillas en el país de las maravillas recién comenzaban.

Especial de Semana Santa

Por esta semana voy a actualizar la historia más seguido y por eso se suspende la votación hasta el domingo. Dictadura de Semana Santa!! Creo que es una manera de agilizar el curso de la historia y para que ustedes conozcan más de los personajes. Gracias por su comprensión y por visitar el blog, espero que disfruten de esto como yo lo hago.
Se viene el Capítulo 6 y más sorpresas en el futuro!!!

martes, 15 de abril de 2014

Capítulo 5



Asunción de Noche
(quinta parte)

Asunción mudó de una piel pacífica a otra nueva, diferente y peligrosa. El humo se disipó y el sol del amanecer resbaló por las paredes del Palacio de Gobierno, se paseó por la calle desierta dónde un caballo se aproximaba a ella, el jinete vestía un tipo de uniforme militar y cuando sus botas negras tocaron el suelo, un viento gélido arrastró por la bahía un montón de papeles manchados con tres letras: Vencer o Morir. Emilia levantó la vista y sólo entonces notó que el caballo carecía de cabeza, la sangre brotaba constantemente de las arterias desnudas. El jinete barbudo se arrodilló ante ella y con sable en mano afirmó en tono desafiante “Moriré con mi patria… ¿por quién morirás hoy?”    

“¿Quién eres?” preguntó una voz en su consciencia. 

“Soy Alicia… Alicia en el país de las Maravillas.” 

“No tengo que morir hoy” respondió convencida de sus mentiras, el hombre se atravesó el pecho con el sable arrancándose el corazón en el proceso, sus manos temblorosas le alcanzaron el órgano a la muchacha y señaló su Palacio antes de desplomarse en el suelo. Una larga tela roja caía desde la terraza, la cola del vestido de una mujer con la mitad del rostro cubierto con una máscara de metal bailaba en el viento, el lugar dónde debería tener ojos estaba sellado con piel pálida, casi transparente. La Reina Roja, la Reina del Paraguay señaló el cielo con un dedo y una lluvia de pedazos de vidrios cayó sobre la bahía, lastimando a Emilia. Una multitud de personas aparecieron corriendo en diferentes direcciones pero ninguna reparó en ella.

“¿Quién eres?” 

“Soy Alicia…. No… Emilia…. soy Emilia en el país de las Maravillas.”  

Una figura alta de cabellos blancos se detuvo frente a ella y le arrebató el corazón de las manos, los vidrios del cielo no hacían efecto en él. ¿Quién eres? preguntó una vez más y se vio a sí misma en brazos del mesero del café, la llevaba entre la alborotada multitud hasta que se perdieron en una calle del centro de la ciudad. El dolor empezó a dominar sus sentidos y cerró los ojos buscando alivio. Cuando los volvió a abrir estaba acostada en una habitación desconocida, un hombre de cabellos blancos la vigilaba sentado a sus pies y la cabeza le daba vueltas. Su mirada era perturbadora, quiso gritar pero una fuerza la detenía, una fuerza exterior parecía controlar su cuerpo. El cuerpo de la Reina de rojo pesaba sobre el suyo y sus uñas se clavaron en sus hombros, un líquido oscuro empezó a emanar de la máscara de hierro oxidada, tomó la mano de una confundida Emilia y la condujo entre sus piernas sobre el vestido rojo. 

El hombre de blanco miraba impasible la extraña escena, un espeluznante alarido escapó de la máscara de la Reina mientras movía la mano de Alicia y ella también gritó. Una mano la sacudió y el leve acento italiano del mesero la devolvió a la realidad, la sala del hospital de Emergencias Médicas olía a sangre, alcohol y desinfectante. Un médico cosía la herida sangrante de una persona en la camilla contigua, los llantos de una mujer llegaron a ellos desde el pasillo y al mismo tiempo una camilla ingresó a la sala con un joven inconsciente en ella. 

“Los cuerpos de las víctimas serán retirados del Teatro Municipal después de la inspección forense, mientras tanto continúan los disturbios frente al Palacio de López, varias personas ya fueron trasladadas a Emergencias Médicas y el secretario de la Presidencia se hizo presente en el lugar con el principal militante del partido oficialista; el ganadero Emilio González….” 

“Necesitaste unos cuantos puntos en el brazo, el doctor dijo que debes estar en observación por esta madrugada y probablemente te dejarán ir por la mañana.” explicó Giovanni como si su compañía fuera algo normal. 

“¡Doctor! ¡Doctor!.” gritó Emilia decidida a deshacerse del mesero de una vez.

“No me obligues, Emilia” amenazó con el puño cerrado. 

“¡Dejá de pegarme! Voy a llamar a la policía y los doctores…..”

“¡¿Y qué?! Sos una pobre estúpida con problemas mentales, todos están muy ocupados con el desastre en el Teatro para prestarte atención. Ya te dije que no voy a matarte…. Pero es peligroso andar sola por ahí, ellos te vieron, era el plan perfecto hasta que apareciste.” 

“¿Plan? ¿Quiénes son ellos?.... ¿Quién sos?” preguntó y escenas de sus pesadillas se mezclaban en su cabeza. 

“Yo sólo soy el mesero del café dónde te gusta leer Alicia en el país de las Maravillas” respondió y dirigió la mirada a la pantalla del televisor dónde pasaban las últimas noticias.

Las puertas de la sala se abrieron, el hombre de largos cabellos blancos entró, una enfermera se acercó a él pidiéndole que se marchara pero él la ignoró y continuó su camino, varios doctores se alarmaron por la inquietante presencia del extraño. Otra enfermera se dirigió a él pero se detuvo cuando tres perros negros de gran tamaño ingresaron a la sala, sus filosos colmillos intimidaron a los presentes y antes de que empezaran a correr, el hombre de blanco levantó dos dedos a la altura de sus ojos negros y las personas se detuvieron, congeladas en su propio tiempo.  

“Bienvenida al país de las maravillas…. Emilia”

La votación será habilitada en poco tiempo, gracias por leer ----->


         
                                                                                             

domingo, 6 de abril de 2014

Capítulo 4



Asunción de Noche
(cuarta parte)

La radio de un recolector de plásticos les entregaba la primicia de la madrugada y ella aprovechó el momento de distracción para comenzar una nueva carrera hacia el Palacio de López, corrió sin respirar hasta que algo explotó cerca de ella. Dulce escarlata y el mundo se nubló por un segundo, sabor a tierra, olor a miedo y volvió a caer esa noche, otras dos ensordecedoras explosiones la rodearon pero siguió corriendo. La calle frente al Palacio de López era un hervidero de personas con pancartas y piedras en las manos, algunos golpeaban a los oficiales de policía y los militares protegían la entrada al Palacio formando una pared humana, dos hileras de hombres rodeaban el jardín trasero.   

“Los partidos oficialistas responsabilizan al grupo armado Vencer o Morir por la tragedia ocurrida en el Teatro Municipal esta noche, por supuesto los bloques socialistas y simpatizantes del Presidente de la República asesinado han salido a las calles a defender sus posturas desatando un enfrentamiento frente al Palacio de López….” reportaba una periodista desde el lugar de los hechos. 

“¡Golpe de estado! ¡Esto es un golpe de estado, mataron a nuestro querido presidente añamemby! ¡Mba’e grupo guerrillero, esos tekoreí del partido socialista tienen la culpa! ¡Ellos mataron a nuestro presidente!” interrumpió una mujer conmocionada por la noticia. 

La madrugada se inició sangrienta, Emilia deambulaba entre hombres y mujeres clamando por un cambio en el gobierno, uno de ellos la golpeó con un palo de madera con el fin de abrirse paso entre la multitud enfurecida. Ella ignoró el dolor y continuó la odisea de intentar salir con vida del lugar, entonces lo distinguió sentado tranquilamente en la vereda, fumaba un cigarro y le hizo una seña invitándola a acercarse.

“¡Sacáme de acá! ¡Ayudáme!” gritó la muchacha buscando una salida de la manifestación desesperadamente.   

“La policía cerró las calles del centro, nadie puede entrar ni salir a menos que quieras dar un paseo por la comisaría.” explicó y soltó una bocanada de humo por la boca. 

“¿Qué carajo está pasando? ¿Cómo empezó este desastre?” preguntó y se tapó los oídos cuando escuchó el estruendo de fuegos artificiales que eran utilizados como armas por los manifestantes. 

“El país se fue a la mierda esta noche, Emilia. ¿No escuchaste? El presidente está muerto, el presidente del senado también, nadie sabe que pasó y nadie sabe a quién culpar.” dijo el hombre trajeado de cabellos largos, se levantó y vigiló a un casco azul que golpeaba a un hombre cerca de ellos. 

“¡No me importa! Quiero salir de acá….” insistió Emilia y un olor a pólvora le provocó un ataque de tos.
“¡Emilia! ¡Emilia!” gritó una voz espantosamente conocida. El mesero del café se abría paso entre los manifestantes, camino a ella. 

Repentinamente un humo extraño cubrió el paisaje y el relinchar de unos caballos se sumó a la sinfonía de sonidos de la violenta madrugada, la policía montada lanzó gases lacrimógenos para dispersar a las personas y los ojos de Emilia se llenaron de lágrimas, la picazón en su rostro y garganta la volvieron un blanco fácil para cualquiera, incluso para Giovanni. Éste último la tomó del brazo y la condujo hacia una calle alejada del tumulto, la obligó a recostarse contra la pared y con su elegante saco sopló para darle aire limpio de químicos.

“¡Dejáme…. ¡No quiero nada de vos!” la muchacha apartó de su lado de un golpe a Giovanni. 

“¡Estúpida! ¡Pará de correr de mí! ¡No entendés nada, te quiero ayudar…. Sos una estúpida!” respondió el mesero y le dio una bofetada en el rostro, el golpe la empujó contra la pared y perdió la conciencia. “Te voy a llevar al hospital….” aseguró aunque nadie lo escuchaba. 

Nota de Autor: NO SE OLVIDEN DE VOTAR POR LA CONTINUACIÓN, GRACIAS POR LEER  ------>