Payé
(Primera parte)
La yuyera aplastaba las
hierbas refrescantes sin prisa alguna, y la paciencia de Emilio se desvanecía con
cada gota de sudor que resbalaba por su frente, el sol de las dos de la tarde
quemaba todas sus neuronas y sobre todo, su escasa paciencia. ¡Permiso! gritó un
apurado carretillero, la calle Pettirossi del Mercado 4 era un infierno de
autos, colectivos y gente pululando como moscas alrededor de un cadáver
putrefacto.
- Tranquilo, che patrón.
Menta’i ha’e* la solución para todo- dijo la yuyera en una mezcla de español y
guaraní, con cada golpe del mortero gotas de agua salpicaban su delantal
floreado y algunas veces salpicó el elegante traje de Emilio.
- Menta’i no va a solucionar
un carajo- afirmó amargamente y encendió un cigarrillo, en sus cuarenta años de
vida ya había fumado veinte sin consecuencias y seguiría haciéndolo mientras
viva en una ciudad agobiante como Asunción.
- Azafrán tenés que poner en
tu tereré, así un puñito- aconsejó con una molestosa sonrisa, golpeó los yuyos
una última vez en el mortero y un líquido verde se pegó a la camisa del hombre.
Emilio le dirigió una mirada
penetrante y se guardó las ganas de golpearla, uno de estos días lidiaría con
esa «vieja de mierda» como acostumbraba llamarla, se profesaban un odio mutuo
pero ninguno podía tomar cartas definitivas en el asunto. Él simplemente
manejaba hasta el Mercado 4 y puntualmente a las dos de la tarde compraba sus
yuyos para el tereré o el mate, a veces los usaba y otras veces los guardaba en
la guantera del auto, lo importante era llegar hasta el puesto de Ña Ñeca
religiosamente todas las semanas.
- **Palo Santo nde pope ha’e
la solución definitiva. Nde aña memby reikoa- maldijo entre dientes pero el
oído de Emilio González estaba entrenado para escuchar sus maltratos.
- Gracias, Ña Ñeca- se
despidió y cruzó la calle sin mirar.
Caminó entre los puestos de
ropas, discos falsos y electrodomésticos baratos, su imagen de ejecutivo
resaltaba en la multitud pero los vendedores lo veían siempre siguiendo la
misma rutina, varios rumores corrían de sus actividades pero la verdad sólo él
la conocía. Dobló en una esquina y bajó dos cuadras hasta una casa de portón
oscuro, tocó el timbre y una mujer atractiva de cabellos rubios abrió la
puerta, sonrió al verlo y corrió a abrazarlo pero él la detuvo.
- Adentro- ordenó fríamente.
- ¿Dónde dejaste el auto?- preguntó
la mujer que vestía uniforme de secretaria, desprendió los botones de su camisa
al entrar a la casa.
- No importa, yo arreglo
esas cosas- aseguró Emilio y la siguió hasta el comedor.
Inesperadamente la empujó
sobre la mesa y paseó sus manos entre sus piernas, rasgó la falda y con la otra
mano sostenía su cuello evitando sus besos, la mujer esperaba ansiosa ese
momento glorioso de tenerlo dentro de ella. La penetró con violencia, sin
cuidado ni amor alguno, un objeto dentro de otro, un gemido escapó de su boca y
él aceleró sus movimientos.
A medida que el placer la
hacía temblar, la mano se cerraba alrededor de su cuello con más fuerza, volvió
a gritar y cuando Emilio abrió los ojos se encontraban completamente blancos,
al mismo tiempo la contagió y perdió la consciencia en un mar de sensaciones.
Un universo dónde existía su cuerpo y cada célula de él diseñada para sentir su
piel como si fuera nueva.
La mesa del comedor bailaba
con ellos y los yuyos de ***Ña Ñeca terminaron en el suelo, la mujer solo
recordaría las impresiones del momento, la calidez de su piel y el poder de los
golpes en su interior. La criatura frente a ella buscaba saciar sus necesidades
animales, y éste era un animal egoísta impulsado por una fuerza sobrenatural.
Emilio escuchó el aullido de un perro en las cercanías y la comunicación entre
los dos amantes se cortó, sus pupilas se pintaron de su acostumbrado color y
ella produjo un último gemido.
- No puedo quedarme… seguro
que esa vieja de mierda tiene algo que ver- murmuró para sí y subió la
cremallera de su pantalón.
- Sabés que Emilia llega
tarde todas las noches. Ella no es ninguna molestia- dijo la mujer todavía
sentada sobre la mesa.
- No es Emilia, son otras
cosas. Otras cosas de mierda- afirmó acercándose a la mujer.
- Esa política de mierda…
¿eso verdad?- preguntó con una sonrisa.
- Sí…. La política, ese
partido se va al diablo sin mi plata. Pero eso no es lo único…. Tengo que irme-
dijo pensativo y acarició las piernas de la mujer una última vez.
- ¿Vas a venir esta noche o
mañana?
- No sé, depende de cómo van
las cosas esta noche pero seguramente voy a venir mañana. No hay forma que pase
un día sin verte- aseguró y abrió la puerta de la casa para marcharse, dejó a
la bella mujer sentada en la mesa del comedor.
La mujer intentaba arreglar
su pollera rasgada cuando escuchó unos golpes en la puerta, corrió a abrirla
con la ilusión de encontrar a Emilio pero un hombre joven de cabellos blancos
le sonrió, le llamó la atención los guantes blancos que cubrían sus manos.
Estaba a punto de preguntar quién era cuando un agudo dolor se expandió en su
cabeza. Lo último que vio antes de desmayarse fue el hermoso rostro del joven
extraño.
*Menta'i: remedio refrescante. Tranquilo, mi patrón.Menta'i es la solución para todo.
***Doña
No hay comentarios:
Publicar un comentario