Payé
(cuarta parte)
El sol quemaba su nuca pero
siguió caminando, sólo faltaba un par de cuadras para alcanzar la avenida
Pettirossi y si caía, no se levantaría de nuevo. Un rastro de carne descompuesta
lo seguía por el pavimento, los perros enfermos de caracha huían de él y las
moscas azules se alimentaban de sus vísceras. Se recostó por un lapacho para
buscar otro cigarrillo, tomó la caja vacía de su bolsillo y unas gotas espesas
saltaron de su boca en un arranque de tos.
- ¡Salí viejo de mierda!- un
muchacho con revólver en mano corría en dirección a Emilio, sus zapatos
gastados dejaban manchas de barro por el suelo. Un segundo hombre apareció en
una esquina, gritaba groserías y perseguía al más joven.
- Andáte al carajo- murmuró
Emilio, posó sus manos en el árbol y sus gruesas raíces se levantaron del suelo
varios metros a su alrededor provocando la caída del muchacho.
- ¡Te voy a matar, mita’i
inútil!- gritó el segundo hombre, lo alcanzó cuando intentaba levantarse y lo
golpeó con su puño hasta devolverlo al suelo. El muchacho dejó el revólver y
sólo se protegía de la violenta arremetida de golpes.
Volvió a toser mientras se
divertía con la escena, los minutos pasaban y pronto su fuerza lo abandonaría.
La pelea se volvió aburrida, el hombre mataría al muchacho, un golpe certero en
la cabeza podía acabar esa ridícula gresca pero entonces nadie quedaría para
ayudarlo. Tocó el lapacho y sus ojos marrones se volvieron blancos, las raíces
se pasearon por la vereda hasta cerrarse alrededor del revólver. Un disparo
terminó con el sufrimiento del muchacho inútil.
- ¡Levantáte y no me hagas
perder más tiempo!- gritó el viejo postrado bajo el lapacho pero el revólver lo
apuntaba sostenido por algo parecido a una mano de madera con dos dedos, los
necesarios para matar- ¡Te voy a matar si no te levantás ahora!
- Moríte, viejo de mierda-
respondió el joven, una tos sanguinolenta acompañó su altanería.
- Hubiera dejado que ese
infeliz te mate a golpes. ¿Te querés morir hoy?- inquirió con rabia y las
raíces apretaron el gatillo, la bala se enterró en el brazo derecho del
muchacho.
- ¡No! ¡Carajo! ¡Yo no
quería robar por eso corrí!- confesó bruscamente con lágrimas en los ojos.
- Me importa un pito tus
problemas, ahora vas a hacer lo que digo o te disparo en los huevos….
¿escuchaste, imbécil? Tengo que llegar a la avenida, pero ese hijo de puta me
dejó medio muerto. Te vas a levantar y me vas a llevar hasta allá, después
llorá todo lo que quieras, maricón. Si seguís tirado ahí alguna vieja chismosa
va a llamar al 911 y ninguno de los dos quiere policías por acá.
El asustado muchacho se
levantó, miró el revólver de reojo y se acercó a Emilio. Este lo tomó del brazo
sano, las raíces del árbol le alcanzaron el arma y cruzaron la calle. El olor
nauseabundo de las heridas del viejo le provocó náuseas pero se tragó sus
quejas, faltaban dos cuadras para llegar a la avenida y abandonarlo.
La última cuadra estaba
plagada de vendedores ambulantes y comercios, la mayoría los miraban extrañados
pero nadie se acercó. Algunos se hacían la señal de la cruz, otros murmuraban
la palabra «policía» y algunos lo reconocieron como el hombre trajeado, cliente
de Ña Ñeca.
- Me vas a llevar hasta la
vieja de mierda o ya sabés, me importa un carajo que la gente mire.
- ¿Mba’e vieja de mierda
pio?- preguntó el muchacho preocupado por las miradas curiosas.
- Una vieja de mierda, vos
me llevás y punto. Acá derecho, hacia los yuyos.
Avanzaron unos metros y las
piernas de Emilio dejaron de responder, cayó al pavimento. Un líquido espeso
empezó a escurrirse por su boca y oídos. El muchacho amagó correr pero la mano
del viejo estaba clavada a su brazo como una garra. Ignoró los gritos de
sorpresa y horror de los testigos de su desgracia mientras intentaba
levantarlo.
- ¡Es posible! Ivai la
porte, parece che patrón- afirmó una voz ronca y familiar para Emilio González.
La yuyera los miraba con
indiferencia, llevaba una canasta por el brazo y el aroma de las hierbas
frescas alivió al pobre muchacho. El viejo quiso contestar pero sólo líquido
oscuro manaba de su boca, Ña Ñeca sonrió y disfrutó del patético espectáculo.
Se arrodilló frente a él, acarició su rostro mientras vomitaba sus entrañas
envueltas en sangre coagulada.
- Koa ha’e la castigo. Aña memby.