miércoles, 5 de noviembre de 2014

Capítulo 11

Payé
(cuarta parte)

El sol quemaba su nuca pero siguió caminando, sólo faltaba un par de cuadras para alcanzar la avenida Pettirossi y si caía, no se levantaría de nuevo. Un rastro de carne descompuesta lo seguía por el pavimento, los perros enfermos de caracha huían de él y las moscas azules se alimentaban de sus vísceras. Se recostó por un lapacho para buscar otro cigarrillo, tomó la caja vacía de su bolsillo y unas gotas espesas saltaron de su boca en un arranque de tos.

- ¡Salí viejo de mierda!- un muchacho con revólver en mano corría en dirección a Emilio, sus zapatos gastados dejaban manchas de barro por el suelo. Un segundo hombre apareció en una esquina, gritaba groserías y perseguía al más joven.

- Andáte al carajo- murmuró Emilio, posó sus manos en el árbol y sus gruesas raíces se levantaron del suelo varios metros a su alrededor provocando la caída del muchacho. 

- ¡Te voy a matar, mita’i inútil!- gritó el segundo hombre, lo alcanzó cuando intentaba levantarse y lo golpeó con su puño hasta devolverlo al suelo. El muchacho dejó el revólver y sólo se protegía de la violenta arremetida de golpes.

Volvió a toser mientras se divertía con la escena, los minutos pasaban y pronto su fuerza lo abandonaría. La pelea se volvió aburrida, el hombre mataría al muchacho, un golpe certero en la cabeza podía acabar esa ridícula gresca pero entonces nadie quedaría para ayudarlo. Tocó el lapacho y sus ojos marrones se volvieron blancos, las raíces se pasearon por la vereda hasta cerrarse alrededor del revólver. Un disparo terminó con el sufrimiento del muchacho inútil.

- ¡Levantáte y no me hagas perder más tiempo!- gritó el viejo postrado bajo el lapacho pero el revólver lo apuntaba sostenido por algo parecido a una mano de madera con dos dedos, los necesarios para matar- ¡Te voy a matar si no te levantás ahora!

- Moríte, viejo de mierda- respondió el joven, una tos sanguinolenta acompañó su altanería.

- Hubiera dejado que ese infeliz te mate a golpes. ¿Te querés morir hoy?- inquirió con rabia y las raíces apretaron el gatillo, la bala se enterró en el brazo derecho del muchacho.

- ¡No! ¡Carajo! ¡Yo no quería robar por eso corrí!- confesó bruscamente con lágrimas en los ojos.

- Me importa un pito tus problemas, ahora vas a hacer lo que digo o te disparo en los huevos…. ¿escuchaste, imbécil? Tengo que llegar a la avenida, pero ese hijo de puta me dejó medio muerto. Te vas a levantar y me vas a llevar hasta allá, después llorá todo lo que quieras, maricón. Si seguís tirado ahí alguna vieja chismosa va a llamar al 911 y ninguno de los dos quiere policías por acá.

El asustado muchacho se levantó, miró el revólver de reojo y se acercó a Emilio. Este lo tomó del brazo sano, las raíces del árbol le alcanzaron el arma y cruzaron la calle. El olor nauseabundo de las heridas del viejo le provocó náuseas pero se tragó sus quejas, faltaban dos cuadras para llegar a la avenida y abandonarlo.

La última cuadra estaba plagada de vendedores ambulantes y comercios, la mayoría los miraban extrañados pero nadie se acercó. Algunos se hacían la señal de la cruz, otros murmuraban la palabra «policía» y algunos lo reconocieron como el hombre trajeado, cliente de Ña Ñeca.

- Me vas a llevar hasta la vieja de mierda o ya sabés, me importa un carajo que la gente mire.

- ¿Mba’e vieja de mierda pio?- preguntó el muchacho preocupado por las miradas curiosas.

- Una vieja de mierda, vos me llevás y punto. Acá derecho, hacia los yuyos.

Avanzaron unos metros y las piernas de Emilio dejaron de responder, cayó al pavimento. Un líquido espeso empezó a escurrirse por su boca y oídos. El muchacho amagó correr pero la mano del viejo estaba clavada a su brazo como una garra. Ignoró los gritos de sorpresa y horror de los testigos de su desgracia mientras intentaba levantarlo.

- ¡Es posible! Ivai la porte, parece che patrón- afirmó una voz ronca y familiar para Emilio González.

La yuyera los miraba con indiferencia, llevaba una canasta por el brazo y el aroma de las hierbas frescas alivió al pobre muchacho. El viejo quiso contestar pero sólo líquido oscuro manaba de su boca, Ña Ñeca sonrió y disfrutó del patético espectáculo. Se arrodilló frente a él, acarició su rostro mientras vomitaba sus entrañas envueltas en sangre coagulada.


- Koa ha’e la castigo. Aña memby.

miércoles, 25 de junio de 2014

Capítulo 10



Payé
(tercera parte)

Sus manos temblorosas tocaron la herida y sus dedos se mancharon de un líquido viscoso, sentía sus intestinos resbalar por su piel como una babosa se arrastra en el suelo húmedo después de un día de lluvia. El hombre de la voz ronca dobló en una esquina y desapareció tiempo atrás, tal vez horas atrás y él sin lograr levantarse, algunos curiosos pasaron por esa desolada calle pero confundiéndolo con algún borracho o mendigo lo ignoraron.

Paralizado en su propio dolor no escuchó los pasos del joven de cabellos blancos aproximándose a él. El aullido del perro negro todavía retumbaba en sus oídos, murmuró unas maldiciones y recogió el cigarrillo del suelo, aspiró una vez y notó que las veredas empezaban a derretirse por efecto del sol. Una figura oscura caminaba por el asfalto, una mujer vestida de negro, sus dedos eran garras tan oscuras como su vestido y su rostro estaba cubierto por un velo manchado de gotas de sangre. 

«Más problemas de mierda», pensó y soltó una bocanada de humo, la mujer despedía un hedor parecido a putrefacción. Se agachó frente al empresario y clavó sus garras en la entrepierna del hombre. Emilio gritó de rabia y dolor, tomó el brazo de la criatura y unos gusanos atravesaron su pálida piel, repentinamente el dolor dio paso a otra sensación: placer. Sus ojos se nublaron y se tiñeron de blanco, su cuerpo viajó a otra dimensión dónde sólo percibía el mundo a través de su piel.

El gruñido de un animal lo devolvió a la realidad, la mujer de velo oscuro había desaparecido, tocó su entrepierna y todas las partes bajas de su cuerpo se hallaban intactas, sin embargo frente a él un joven de cabellos blancos se enfrentaba a un perro negro y el hombre de voz ronca a quién le debía la herida en su estómago. 

- ¡Yo no sigo órdenes de nadie!- gritó enojado y el perro negro saltó sobre el joven pero algo invisible lo golpeó en el aire y cayó al suelo lastimado.

- La muerte no me asusta- dijo el muchacho con voz calma.

El hombre de voz ronca mostró sus colmillos y por un segundo asomaron a su rostro las facciones de una bestia, intentó avanzar en dirección a Eleazar pero un golpe en la cabeza lo detuvo, un golpe de imágenes y sensaciones incómodas. Gruesos coágulos de un líquido oscuro se deslizaron por la comisura de su boca, empezó a temblar y se arrodilló rendido sobre el asfalto caliente. 

- No es sencillo reponerse del toque de la muerte- afirmó Eleazar dirigiéndose a Emilio.

- Estoy acostumbrado a lidiar con toda esta mierda, cada vez encuentro más de estos hijos de puta por Asunción. Me hubiera quedado en mi chacra… un poco de caña y cigarrillo, eso es todo lo que un hombre necesita. Y una mujer…. 

- ¿Te quedarás aquí en la calle?- preguntó colocándose unos guantes blancos en sus manos.

- A la gente le importa un carajo los asuntos ajenos…. Al menos unos asuntos que involucran a un tipo desangrándose en la calle. Sólo necesito unas cuantas horas y whisky, y voy a estar fresquito como una lechuga. Pero eso no importa...  ¿esa vieja de mierda te mandó? 

- Le recomiendo no referirse a Miss Elizabeth como vieja de mierda, le desagradan esos apelativos vulgares.

- ¿Miss Elizabeth? Las mujeres sólo quieren una cosa…. Una cosa que yo tengo de sobra- dijo Emilio y tocó su entrepierna.

- Miss Elizabeth no es una mujer común, y puedo asegurarle que su interés radica en algo más transcendental que sus genitales. Me llevarás al lugar dónde moran los de tu clase…. No es una orden sino un pedido amistoso- aclaró Eleazar dirigiéndose al hombre de voz ronca, quién continuaba temblando en el suelo. 

- Necesito vacaciones en mi chacra- murmuró para sí y lanzó una última bocanada de humo e intentó levantarse mientras el personaje de cabello blanco llevaba a uno de sus enemigos como perrito faldero. 

- Recuerde mis palabras esta noche, un líder verdadero es aquel que nace en tiempos de caos. Volveré a verlo, Emilio González.  

- Otro loco de mierda- sentenció el empresario cuando finalmente logró mantenerse en pie.

Los «locos de mierda» acostumbraban cruzarse a menudo con él pero un loco capaz de controlar  a un Luisón antiguo merecía un poco de respeto y atención, la sola mención de su nombre inspiraba terror en las personas comunes. La herida en su estómago empezó a despedir un hedor similar a la criatura de garras filosas. Su recuperación llevaría horas pero aún tenía la obligación de asesinar a Esteban esa noche, el extraño de cabellos blancos podía humillar y lastimar a esos animales desagradables pero matarlos, nunca.

domingo, 8 de junio de 2014

Capítulo 9



Payé
(segunda parte)

            Oyó el aullido de un perro una segunda vez, en un viernes como ése el aullido era suficiente para ponerlo nervioso. Apretó el paso y abrió una caja nueva de cigarrillos, la segunda y la siesta apenas empezaba. Su camioneta plateada lo esperaba debajo de un árbol de mango a tres cuadras de la casa de portón oscuro, sin embargo el camino le parecía más largo esta vez. Los aullidos cesaron pero el silencio escondía una amenaza, un enemigo ansioso por tragarlo y siendo un empresario influyente, sus enemigos sobraban. 

            El humo del cigarrillo se disipó a su alrededor y se detuvo, una enorme criatura con aparente forma de perro lo esperaba unos metros adelante, gruñía cerca de su camioneta, un olor nauseabundo le indicó que debía correr. Sus piernas no respondían y cuando volteó para huir un hombre lo golpeó en el rostro, el cigarrillo cayó al suelo y su nariz empezó a sangrar. 

- ¿Para dónde con tanta prisa?- preguntó el hombre con voz ronca, vestía un saco largo a pesar del calor de cuarenta grados, sus pantalones estaban rasgados en varias partes y no traía zapatos. 

- ¡Qué podrido me tienen todos ustedes!- exclamó el empresario palpando su nariz lastimada. 

-Nde argel che ra’a*… No me olvido yo de estas cosas- dijo y por un momento sus colmillos parecían más largos y filosos.

-Ya te dije yo no mato gente… pero puedo pagar para que le maten, la plata soluciona todo en este país- explicó Emilio nervioso.

-Plata…. Plata… Plata…- sin previo aviso perforó su estómago con sus uñas que se transformaron en garras- Plata es un pedazo de papel, un montón de porquería que emboba a la gente pelotuda pero nosotros somos otra clase de pelotudos… no me vengas a hacerte del chuchi ahora. Esteban omanóta** esta noche.

-¿Dónde?– preguntó entre gemidos de dolor, el hombre retorcía sus tripas con sus manos y la sangre turbia manchó su costoso traje- ¡¿Dónde va a estar hoy?!

-Teatro Municipal- contestó sonriente, sus garras cortaron su carne con espantosa facilidad. 
  
- Omanóta…. Esta noche- aseguró Emilio entre gemidos de dolor.

El hombre retiró sus garras del interior del empresario y la sangre resbaló en coágulos hasta el suelo, el perro negro se acercó al empresario, quién cayó de rodillas en su propia inmundicia, y dejó escapar un aullido escalofriante. !Sos un hijo de puta! gritó Emilio como si el perro comprendiera el lenguaje humano. El hombre de voz ronca continuó su camino sin mirar atrás. Ambos conocían el final de esta historia: no importaba cuántos favores se debían, uno de los dos estaba destinado a desaparecer.     

*Sos un amargado, mi amigo.
**Morirá

domingo, 11 de mayo de 2014

Capítulo 8



Payé
(Primera parte)

La yuyera aplastaba las hierbas refrescantes sin prisa alguna, y la paciencia de Emilio se desvanecía con cada gota de sudor que resbalaba por su frente, el sol de las dos de la tarde quemaba todas sus neuronas y sobre todo, su escasa paciencia. ¡Permiso! gritó un apurado carretillero, la calle Pettirossi del Mercado 4 era un infierno de autos, colectivos y gente pululando como moscas alrededor de un cadáver putrefacto.

- Tranquilo, che patrón. Menta’i ha’e* la solución para todo- dijo la yuyera en una mezcla de español y guaraní, con cada golpe del mortero gotas de agua salpicaban su delantal floreado y algunas veces salpicó el elegante traje de Emilio.  

- Menta’i no va a solucionar un carajo- afirmó amargamente y encendió un cigarrillo, en sus cuarenta años de vida ya había fumado veinte sin consecuencias y seguiría haciéndolo mientras viva en una ciudad agobiante como Asunción.

- Azafrán tenés que poner en tu tereré, así un puñito- aconsejó con una molestosa sonrisa, golpeó los yuyos una última vez en el mortero y un líquido verde se pegó a la camisa del hombre. 

Emilio le dirigió una mirada penetrante y se guardó las ganas de golpearla, uno de estos días lidiaría con esa «vieja de mierda» como acostumbraba llamarla, se profesaban un odio mutuo pero ninguno podía tomar cartas definitivas en el asunto. Él simplemente manejaba hasta el Mercado 4 y puntualmente a las dos de la tarde compraba sus yuyos para el tereré o el mate, a veces los usaba y otras veces los guardaba en la guantera del auto, lo importante era llegar hasta el puesto de Ña Ñeca religiosamente todas las semanas. 

- **Palo Santo nde pope ha’e la solución definitiva. Nde aña memby reikoa- maldijo entre dientes pero el oído de Emilio González estaba entrenado para escuchar sus maltratos.

- Gracias, Ña Ñeca- se despidió y cruzó la calle sin mirar. 

Caminó entre los puestos de ropas, discos falsos y electrodomésticos baratos, su imagen de ejecutivo resaltaba en la multitud pero los vendedores lo veían siempre siguiendo la misma rutina, varios rumores corrían de sus actividades pero la verdad sólo él la conocía. Dobló en una esquina y bajó dos cuadras hasta una casa de portón oscuro, tocó el timbre y una mujer atractiva de cabellos rubios abrió la puerta, sonrió al verlo y corrió a abrazarlo pero él la detuvo. 

- Adentro- ordenó fríamente. 

- ¿Dónde dejaste el auto?- preguntó la mujer que vestía uniforme de secretaria, desprendió los botones de su camisa al entrar a la casa. 

- No importa, yo arreglo esas cosas- aseguró Emilio y la siguió hasta el comedor. 

Inesperadamente la empujó sobre la mesa y paseó sus manos entre sus piernas, rasgó la falda y con la otra mano sostenía su cuello evitando sus besos, la mujer esperaba ansiosa ese momento glorioso de tenerlo dentro de ella. La penetró con violencia, sin cuidado ni amor alguno, un objeto dentro de otro, un gemido escapó de su boca y él aceleró sus movimientos. 

A medida que el placer la hacía temblar, la mano se cerraba alrededor de su cuello con más fuerza, volvió a gritar y cuando Emilio abrió los ojos se encontraban completamente blancos, al mismo tiempo la contagió y perdió la consciencia en un mar de sensaciones. Un universo dónde existía su cuerpo y cada célula de él diseñada para sentir su piel como si fuera nueva. 

La mesa del comedor bailaba con ellos y los yuyos de ***Ña Ñeca terminaron en el suelo, la mujer solo recordaría las impresiones del momento, la calidez de su piel y el poder de los golpes en su interior. La criatura frente a ella buscaba saciar sus necesidades animales, y éste era un animal egoísta impulsado por una fuerza sobrenatural. Emilio escuchó el aullido de un perro en las cercanías y la comunicación entre los dos amantes se cortó, sus pupilas se pintaron de su acostumbrado color y ella produjo un último gemido. 

- No puedo quedarme… seguro que esa vieja de mierda tiene algo que ver- murmuró para sí y subió la cremallera de su pantalón. 

- Sabés que Emilia llega tarde todas las noches. Ella no es ninguna molestia- dijo la mujer todavía sentada sobre la mesa. 

- No es Emilia, son otras cosas. Otras cosas de mierda- afirmó acercándose a la mujer. 

- Esa política de mierda… ¿eso verdad?- preguntó con una sonrisa. 

- Sí…. La política, ese partido se va al diablo sin mi plata. Pero eso no es lo único…. Tengo que irme- dijo pensativo y acarició las piernas de la mujer una última vez. 

- ¿Vas a venir esta noche o mañana?

- No sé, depende de cómo van las cosas esta noche pero seguramente voy a venir mañana. No hay forma que pase un día sin verte- aseguró y abrió la puerta de la casa para marcharse, dejó a la bella mujer sentada en la mesa del comedor. 

La mujer intentaba arreglar su pollera rasgada cuando escuchó unos golpes en la puerta, corrió a abrirla con la ilusión de encontrar a Emilio pero un hombre joven de cabellos blancos le sonrió, le llamó la atención los guantes blancos que cubrían sus manos. Estaba a punto de preguntar quién era cuando un agudo dolor se expandió en su cabeza. Lo último que vio antes de desmayarse fue el hermoso rostro del joven extraño. 

*Menta'i: remedio refrescante. Tranquilo, mi patrón.Menta'i es la solución para todo.
 
**Palo santo en tu mano es la solución definitiva. Maldito que anda.

***Doña

     

martes, 22 de abril de 2014

Capítulo 7



Asunción de Noche
(Séptima Parte)

- Sí, el país se fue a la mierda esta noche- afirmó Emilia y tocó el brazo dónde minutos antes tenía un corte suturado. 

- El país de las maravillas- murmuró el hombre, pensativo.

- ¿Cómo sabía lo del país de las maravillas? ¿Qué pasó ahí adentro?- preguntó confundida. 

- Todos saben lo del país de las maravillas, leés el mismo libro todas las noches en el mismo lugar. Sos demasiado escéptica para ser una loca dependiente de pastillas y tu estúpido psiquiatra.

- Todo se siente muy real- confesó recordando el peso del perro negro sobre ella. 

- La realidad es relativa, Emilia. ¿Querés saber qué es real? Dejá esas pastillas de porquería, dejá de sentirte una perra miserable…. Mil personas murieron hoy en el Teatro y a parte de esos curiosos personajes, vos sos la única sobreviviente. La gente va a querer respuestas pero no van a creer una sola palabra de alguien con tu pinta- afirmó el hombre y lanzó una bocanada de humo al rostro de Emilia- Andá a tu casa, bañáte, peináte…. No sé. 

- No es mi pinta, cualquier cosa que diga va a sonar estúpida o imposible, y cuando sepan que voy a un psiquiatra mi historia nunca va a tener sentido. Nada en mi vida tiene sentido. 

- ¡Pobrecita! La princesita atrapada en una torre…. ¿cuál de los dos es tu príncipe azul? ¿el mesero del café o el tipo de pelo blanco? – preguntó sarcásticamente. 

- No tengo por qué escucharte- sentenció enojada y se levantó del banco. 

Emilia pasó frente a la cámara de un canal de televisión que cubría las crónicas nocturnas desde el hospital, escuchó menciones del teatro y una tragedia sin precedentes en el país. Caminó sintiendo los pasos del hombre del cigarro detrás de los suyos, siempre los escuchaba aunque sólo ella lo veía. Caminó acompañada de la brisa de la madrugada, ignoró los comentarios del hombre que la perseguía como una sombra, prefería el silencio.
Llegó a su casa situada a dos cuadras de la calle Pettirossi cuando la oscuridad todavía era absoluta y abrió la puerta con su propia llave, su madre nunca se preocupaba por ella. A veces preguntaba por preguntar cómo se sentía y volvía a los papeleos del trabajo, sin escuchar la respuesta. Cruzó la sala en dirección a las escaleras cuando notó una luz titilante proveniente del comedor, se acercó con curiosidad y descubrió una vela decorada con un rosario de plata encendida en la mesa. Presionó el interruptor de la luz y todo su ser se congeló por un instante, su respiración se detuvo y un escalofrío subió por su espina hasta invadirla enteramente. 

Su madre estaba clavada a la mesa, su cuerpo desnudo marcado por laberintos de sangre, sus muñecas y tobillos atravesados por cuchillos empapados en rojo la impedían moverse. Aparentemente sumida en la inconsciencia tampoco intentaba moverse, un hombre alto de piel oscura ingresó al comedor con un plato de torta marmolada de su madre en las manos. Vestía pantalón y remera negra, un crucifijo de plata de importante tamaño resaltaba en su pecho. 

Emilia lo golpeó con su bolso y corrió en dirección a la puerta de salida pero una mujer la detuvo, vestía de la misma manera que el hombre pero en su cuello resplandecían varios collares de distintos tamaños, el fino taco de sus botas oscuras laceraba el piso mientras la conducía de vuelta al comedor. Sus manos pálidas sostenían un grueso cuchillo de cocina, la mujer despedía un agradable aroma a incienso y por un segundo, Emilia se sintió más tranquila. 

- Muy mala educación no saludar a visitante- saludó el hombre del crucifijo con acento norteamericano y un peculiar castellano. 

- Andáte a la mierda- dijo Emilia y escupió al hombre en el rostro, la mujer la volteó y le dio una cachetada. 

- ¡NO! ¡No, no, no! El Señor dijo si tu enemigo golpear en una mejilla, dar la otra. Nuestro Señor Jesucristo sabio perdonar tu pecado- afirmó dirigiéndose a la mujer. 

- ¡¿Qué le hiciste a mi mamá?! – gritó la muchacha con lágrimas en los ojos. 

- Aún viva pero sangre… sangre se acaba. Ella es pecadora y los pecadores manchados por la ruindad del pecado deben morir.  

- ¡Dije que no iba decir nada! ¡Nadie me va a creer! ¡No sé nada!

- Ése es problema, you know nothing. You should know some things*…. Por eso estoy aquí hoy. Quiero ayuda, Emilia- dijo el hombre en tono suplicante. 

- ¡¿Por qué todos los locos de mierda están detrás de mí esta noche?!- se quejó llorando con rabia. 

- Quiero favor, Emilia. ¿Ayudarás?- preguntó y se llevó a la boca el último pedazo de torta que su madre acostumbraba preparar los viernes para el fin de semana.  

- Decí sí, no importa si tu mamá está muerta, no importa nada…. Decí que sí y se terminó- sugirió el hombre del cigarro que se mantenía parado al lado de Emilia tan sorprendido como ella por la inesperada visita. 

- Necesito llegar a la perra de Elizabeth y tú ayudarás porque eres la pieza de sobra en el puzzle.            

- No sé quién es Elizabeth- afirmó la muchacha y sintió el cuchillo de cocina besando su cuello. 

- Lo sabrás, niña- aseguró el hombre y la bendijo hacienda la señal de la cruz.  

- El padre no miente- dijo finalmente la mujer de los collares, su acento también era extranjero y su voz se hundió en los oídos de Emilia como una piedra se hunde en un estanque de agua. ¿Cuánto más perdería antes del amanecer?
 
*No sabes nada, deberías saber cosas.