Payé
(tercera parte)
Sus manos temblorosas
tocaron la herida y sus dedos se mancharon de un líquido viscoso, sentía sus
intestinos resbalar por su piel como una babosa se arrastra en el suelo húmedo
después de un día de lluvia. El hombre de la voz ronca dobló en una esquina y
desapareció tiempo atrás, tal vez horas atrás y él sin lograr levantarse,
algunos curiosos pasaron por esa desolada calle pero confundiéndolo con algún
borracho o mendigo lo ignoraron.
Paralizado en su propio
dolor no escuchó los pasos del joven de cabellos blancos aproximándose a él. El
aullido del perro negro todavía retumbaba en sus oídos, murmuró unas
maldiciones y recogió el cigarrillo del suelo, aspiró una vez y notó que las
veredas empezaban a derretirse por efecto del sol. Una figura oscura caminaba
por el asfalto, una mujer vestida de negro, sus dedos eran garras tan oscuras
como su vestido y su rostro estaba cubierto por un velo manchado de gotas de
sangre.
«Más problemas de mierda»,
pensó y soltó una bocanada de humo, la mujer despedía un hedor parecido a
putrefacción. Se agachó frente al empresario y clavó sus garras en la
entrepierna del hombre. Emilio gritó de rabia y dolor, tomó el brazo de la
criatura y unos gusanos atravesaron su pálida piel, repentinamente el dolor dio
paso a otra sensación: placer. Sus ojos se nublaron y se tiñeron de blanco, su
cuerpo viajó a otra dimensión dónde sólo percibía el mundo a través de su piel.
El gruñido de un animal lo
devolvió a la realidad, la mujer de velo oscuro había desaparecido, tocó su
entrepierna y todas las partes bajas de su cuerpo se hallaban intactas, sin
embargo frente a él un joven de cabellos blancos se enfrentaba a un perro negro
y el hombre de voz ronca a quién le debía la herida en su estómago.
- ¡Yo no sigo órdenes de
nadie!- gritó enojado y el perro negro saltó sobre el joven pero algo invisible
lo golpeó en el aire y cayó al suelo lastimado.
- La muerte no me asusta- dijo
el muchacho con voz calma.
El hombre de voz ronca
mostró sus colmillos y por un segundo asomaron a su rostro las facciones de una
bestia, intentó avanzar en dirección a Eleazar pero un golpe en la cabeza lo
detuvo, un golpe de imágenes y sensaciones incómodas. Gruesos coágulos de un
líquido oscuro se deslizaron por la comisura de su boca, empezó a temblar y se
arrodilló rendido sobre el asfalto caliente.
- No es sencillo reponerse
del toque de la muerte- afirmó Eleazar dirigiéndose a Emilio.
- Estoy acostumbrado a
lidiar con toda esta mierda, cada vez encuentro más de estos hijos de puta por Asunción.
Me hubiera quedado en mi chacra… un poco de caña y cigarrillo, eso es todo lo
que un hombre necesita. Y una mujer….
- ¿Te quedarás aquí en la
calle?- preguntó colocándose unos guantes blancos en sus manos.
- A la gente le importa un
carajo los asuntos ajenos…. Al menos unos asuntos que involucran a un tipo
desangrándose en la calle. Sólo necesito unas cuantas horas y whisky, y voy a
estar fresquito como una lechuga. Pero eso no importa... ¿esa vieja de mierda te mandó?
- Le recomiendo no referirse
a Miss Elizabeth como vieja de mierda, le desagradan esos apelativos vulgares.
- ¿Miss Elizabeth? Las
mujeres sólo quieren una cosa…. Una cosa que yo tengo de sobra- dijo Emilio y
tocó su entrepierna.
- Miss Elizabeth no es una
mujer común, y puedo asegurarle que su interés radica en algo más
transcendental que sus genitales. Me llevarás al lugar dónde moran los de tu
clase…. No es una orden sino un pedido amistoso- aclaró Eleazar dirigiéndose al
hombre de voz ronca, quién continuaba temblando en el suelo.
- Necesito vacaciones en mi
chacra- murmuró para sí y lanzó una última bocanada de humo e intentó
levantarse mientras el personaje de cabello blanco llevaba a uno de sus
enemigos como perrito faldero.
- Recuerde mis palabras esta
noche, un líder verdadero es aquel que nace en tiempos de caos. Volveré a
verlo, Emilio González.
- Otro loco de mierda-
sentenció el empresario cuando finalmente logró mantenerse en pie.
Los «locos de mierda»
acostumbraban cruzarse a menudo con él pero un loco capaz de controlar a un Luisón antiguo merecía un poco de respeto
y atención, la sola mención de su nombre inspiraba terror en las personas
comunes. La herida en su estómago empezó a despedir un hedor similar a la criatura
de garras filosas. Su recuperación llevaría horas pero aún tenía la obligación
de asesinar a Esteban esa noche, el extraño de cabellos blancos podía humillar
y lastimar a esos animales desagradables pero matarlos, nunca.
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