miércoles, 25 de junio de 2014

Capítulo 10



Payé
(tercera parte)

Sus manos temblorosas tocaron la herida y sus dedos se mancharon de un líquido viscoso, sentía sus intestinos resbalar por su piel como una babosa se arrastra en el suelo húmedo después de un día de lluvia. El hombre de la voz ronca dobló en una esquina y desapareció tiempo atrás, tal vez horas atrás y él sin lograr levantarse, algunos curiosos pasaron por esa desolada calle pero confundiéndolo con algún borracho o mendigo lo ignoraron.

Paralizado en su propio dolor no escuchó los pasos del joven de cabellos blancos aproximándose a él. El aullido del perro negro todavía retumbaba en sus oídos, murmuró unas maldiciones y recogió el cigarrillo del suelo, aspiró una vez y notó que las veredas empezaban a derretirse por efecto del sol. Una figura oscura caminaba por el asfalto, una mujer vestida de negro, sus dedos eran garras tan oscuras como su vestido y su rostro estaba cubierto por un velo manchado de gotas de sangre. 

«Más problemas de mierda», pensó y soltó una bocanada de humo, la mujer despedía un hedor parecido a putrefacción. Se agachó frente al empresario y clavó sus garras en la entrepierna del hombre. Emilio gritó de rabia y dolor, tomó el brazo de la criatura y unos gusanos atravesaron su pálida piel, repentinamente el dolor dio paso a otra sensación: placer. Sus ojos se nublaron y se tiñeron de blanco, su cuerpo viajó a otra dimensión dónde sólo percibía el mundo a través de su piel.

El gruñido de un animal lo devolvió a la realidad, la mujer de velo oscuro había desaparecido, tocó su entrepierna y todas las partes bajas de su cuerpo se hallaban intactas, sin embargo frente a él un joven de cabellos blancos se enfrentaba a un perro negro y el hombre de voz ronca a quién le debía la herida en su estómago. 

- ¡Yo no sigo órdenes de nadie!- gritó enojado y el perro negro saltó sobre el joven pero algo invisible lo golpeó en el aire y cayó al suelo lastimado.

- La muerte no me asusta- dijo el muchacho con voz calma.

El hombre de voz ronca mostró sus colmillos y por un segundo asomaron a su rostro las facciones de una bestia, intentó avanzar en dirección a Eleazar pero un golpe en la cabeza lo detuvo, un golpe de imágenes y sensaciones incómodas. Gruesos coágulos de un líquido oscuro se deslizaron por la comisura de su boca, empezó a temblar y se arrodilló rendido sobre el asfalto caliente. 

- No es sencillo reponerse del toque de la muerte- afirmó Eleazar dirigiéndose a Emilio.

- Estoy acostumbrado a lidiar con toda esta mierda, cada vez encuentro más de estos hijos de puta por Asunción. Me hubiera quedado en mi chacra… un poco de caña y cigarrillo, eso es todo lo que un hombre necesita. Y una mujer…. 

- ¿Te quedarás aquí en la calle?- preguntó colocándose unos guantes blancos en sus manos.

- A la gente le importa un carajo los asuntos ajenos…. Al menos unos asuntos que involucran a un tipo desangrándose en la calle. Sólo necesito unas cuantas horas y whisky, y voy a estar fresquito como una lechuga. Pero eso no importa...  ¿esa vieja de mierda te mandó? 

- Le recomiendo no referirse a Miss Elizabeth como vieja de mierda, le desagradan esos apelativos vulgares.

- ¿Miss Elizabeth? Las mujeres sólo quieren una cosa…. Una cosa que yo tengo de sobra- dijo Emilio y tocó su entrepierna.

- Miss Elizabeth no es una mujer común, y puedo asegurarle que su interés radica en algo más transcendental que sus genitales. Me llevarás al lugar dónde moran los de tu clase…. No es una orden sino un pedido amistoso- aclaró Eleazar dirigiéndose al hombre de voz ronca, quién continuaba temblando en el suelo. 

- Necesito vacaciones en mi chacra- murmuró para sí y lanzó una última bocanada de humo e intentó levantarse mientras el personaje de cabello blanco llevaba a uno de sus enemigos como perrito faldero. 

- Recuerde mis palabras esta noche, un líder verdadero es aquel que nace en tiempos de caos. Volveré a verlo, Emilio González.  

- Otro loco de mierda- sentenció el empresario cuando finalmente logró mantenerse en pie.

Los «locos de mierda» acostumbraban cruzarse a menudo con él pero un loco capaz de controlar  a un Luisón antiguo merecía un poco de respeto y atención, la sola mención de su nombre inspiraba terror en las personas comunes. La herida en su estómago empezó a despedir un hedor similar a la criatura de garras filosas. Su recuperación llevaría horas pero aún tenía la obligación de asesinar a Esteban esa noche, el extraño de cabellos blancos podía humillar y lastimar a esos animales desagradables pero matarlos, nunca.

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