martes, 21 de abril de 2015

Capítulo 14

Payé 
(séptima parte)

- Que desgracia…. O lo contrario, te hice un favor- sonrió Emilio y lanzó el cigarrillo al suelo- nada más de preguntas, tenemos cosas que hacer.

- Todavía no contesté.

- No te pregunté nada. Tu vida de mierda es mía, te contentás con la plata o lloriqueás hasta que me canse y te mate. Así son las cosas, mi hijo- sentenció y abrió la puerta hacia la tienda de yuyos.

- El personal está listo para llevar al sospechoso a la comisaría, patrón- informó el policía, en sus manos sostenía un par de esposas de metal.

- No hace falta, este mita’i era uno de mis empleados pero ya arreglamos la situación, va a tener su trabajo otra vez. Uno hace macana cuando está enojado, el pobre es un muchacho humilde…. A Emergencias sí hay que llevarle- explicó el viejo del lapacho bajo la atenta mirada de Ña Ñeca.

- ¿No va a denunciar, patrón?

- No me gusta perder el tiempo. Vamos con los policías, mi hijo, hay que hacer ver esa herida. Gracias, Ña Ñeca, rojujeyta.

- Vayan con Dios- se despidió la mujer santiguándose.

“…. Los movimientos de izquierda amenazan con una manifestación esta noche frente al Teatro Municipal Ignacio A. Pane durante la presentación de los eventos por la semana de la Independencia Nacional a realizarse a partir del 10 de mayo de este año. Esta presentación reunirá a importantes empresarios, miembros del congreso y el presidente de la República….

Martín se concentró en la radio de una mujer sin piernas que esperaba a la enfermera para limpiar el muñón. Un doctor joven atravesó su piel con una aguja, limpió la herida como si se tratara de un pedazo de carne listo para el asado y con una pinza removió la bala. Las camillas y sillas de ruedas entraban y salían del salón dónde varios pacientes se acumulaban en una danza con la muerte.

- Vamos a enterrar a tu papá- anunció Emilio repentinamente.

- ¿Para qué?- preguntó sin alejar la atención de la radio.

- ¿Vas a dejar que se pudra en la morgue?

- Se puede podrir en cualquier lado.

- No quiero que la policía piense que vos le mataste, esos tekoreí de la televisión se van a meter si ven algo raro.

- Bueno… che kuerái la gente tekoreí.

- Te voy a recetar algo para el dolor- dijo el doctor cuando terminó de vendar la herida.

Un hombre vestido de harapos con una petaca de caña en la mano los vigilaba bajo la sombra de un árbol de mango. Martín se sentó en un banco colocado en la entrada del hospital, la siesta se terminaba y su vida se volvió un caos. El empresario lo acompañó después de conversar con los policías, quemó otro cigarrillo y sacó una bala del bolsillo de su pantalón. El objeto era puntiagudo y brilló en plata bajo los rayos del sol, el dolor en el brazo del muchacho se agudizó por unos segundos.

- Bendecida en la Basílica de Caacupé por el Obispo. Un solo tiro al corazón y se terminó la historia para ese infeliz- rió Emilio ante la indiferente mirada de Martín.

- ¿Funciona para vos?- preguntó y la sonrisa del empresario se borró.

- No somos iguales. Él se alimenta de muertos, yo doy vida y prosperidad. Dios me tiene en consideración.  
- Rejuka gente…

- Perdón por salvarte, nde malagradecido. Por lo visto no soy yo el que necesita la bendición del Señor. En el teatro te voy a mostrar cómo la mano de Dios limpia los males de este mundo- afirmó y notó la presencia del borracho bajo el mango, tragó saliva, rápidamente guardó la bala.

- Si vos decís.

…..”Aña memby” , así lo llamó la yuyera. Podía enredarse en miles de rosarios y jurar hacer el trabajo de Dios pero cualquier cristiano reconoce las mentiras. Sus habilidades sobrenaturales no eran divinas y sus intenciones tampoco. Sin embargo Dios lo puso en su camino por una razón, la cual esperaba averiguarlo esa noche en el Teatro Municipal.




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