Payé
(sexta parte)
“Payé”….
Pensó
corriendo por la avenida Petirossi del Mercado 4 de Asunción. Sus pies dolían,
la bala en su brazo quemaba sus músculos pero sólo pensaba en vivir. Esa mañana
Martín se levantó como todas las mañanas; oyendo los golpes de su padre
alcohólico en la puerta de su humilde casa. Se vistió, aseguró la puerta del
dormitorio dónde su hermana pequeña dormía y se enfrentó al borracho en su
puerta.
Juró entre incoherencias que
encontró un trabajo maravilloso, lo obligó a acompañarlo hasta el centro del
Mercado, se detuvieron frente a una tienda de menudencias y supo la verdad.
Intentaría convencerlo de robar otra vez, la vida le negó cosas materiales pero
le dejó la dignidad de una persona trabajadora. Su padre era un simple
delincuente, siempre justificó sus crímenes con la pobreza, sin embargo cada trabajo
lo arruinó con el alcohol, y lo dejaron en la calle una y otra vez.
Se detuvo en el semáforo de
la calle Perú, tomó unas bocanadas de aire para continuar la carrera. Dio unos
pasos en el pavimento cuando la camioneta blanca de la policía obstaculizó su
camino. Bajaron dos hombres con uniforme y lo sostuvieron del brazo. A
empujones lo subieron al asiento trasero y le advirtieron sobre su mala
situación.
-¿Por qué lo que me están
llevando, chera’a? Yo no tengo nada que ver, como le va a jugar a gente
inocente así.
-Estamos en un
procedimiento, amigo. Vos cooperás y la justicia te va ayudar, sencillo es el
asunto- respondió el policía conductor.
- ¿Mba’e justicia pio? Yo
trabajo…
- Si, todo el mundo trabaja,
todo el mundo es inocente. Estamos llenos de ciudadanos honrados.
Martín percibió el
desagradable sarcasmo en la voz del policía y se calló. Sus neuronas trabajaban
a la velocidad de la luz para salvarlo de esa situación. Correr dejó de ser una
opción y cualquier acto desesperado lo haría ver como culpable. ¿Qué pasaría si
contaba la verdad sobre su herida y el viejo recostado por el lapacho? Si nadie
creía en su inocencia tampoco creerían el cuento de un árbol que se mueve
solo.
La camioneta se detuvo
frente a un conocido puesto de yuyos, lo bajaron a empujones como si se tratara
de un criminal perseguido y lo acompañaron al interior del local. San La Muerte
seguía parado alrededor de hierbas aromáticas, congelado en el tiempo pero las
cuencas oscuras del cráneo parecían vigilarlo.
El viejo del lapacho sonrió
al verlo ingresar a la pequeña habitación una vez más, los policías lo sentaron
frente a él y salieron sin decir una palabra. Martín tragó saliva, el viejo
vestía la camisa manchada de sangre, encendió un cigarrillo y suspiró.
- Les dije que me
disparaste- empezó el viejo y el miedo se transformó en terror – una palabra
mía y te pudrís en la cárcel.
- No es cierto, yo no le
disparé- afirmó Martín para convencerse de su verdad.
- Sí, pero nadie más sabe
eso. Es tu palabra, un muerto de hambre contra la mía; Emilio González. Si eso
no te dice nada te doy una pista, todo un partido come de mi mano.
- ¿Mba’e reipota?
- Un secretario. Sueldo
mensual, comisión…. Cualquier boludez que se te ocurre, seguro tenés a alguien
que mantener. La gente como vos siempre arrastra sus cruces por ahí.
- ¿Secretario?
- ¿Sabés escribir, leer...
usar una computadora?
- Sí. Pero esa cosas del
demonio, pe’a nda che gustái- dijo y dirigió la mirada a la estatua de la
Virgen de Caacupé.
- ¡Mba’e cosa del demonio
pio! Che ko ha’e la salvación, che ra’a. ¿Reikuaá mba’épa he’ise luisón?
- Aikuaa…
- Rojukata, che ajuka cosa
del demonio. Ñandejára hína ome’e chéve pe don- interrumpió al muchacho e hizo
la señal de la cruz- solucionada esa parte, ¿quién era el infeliz que maté hace
rato? La policía va a querer saber…. Procedimiento.
- Mi papá- respondió sin
demostrar emoción alguna.
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