martes, 14 de abril de 2015

Capítulo 13

Payé
(sexta parte) 

“Payé”…. Pensó corriendo por la avenida Petirossi del Mercado 4 de Asunción. Sus pies dolían, la bala en su brazo quemaba sus músculos pero sólo pensaba en vivir. Esa mañana Martín se levantó como todas las mañanas; oyendo los golpes de su padre alcohólico en la puerta de su humilde casa. Se vistió, aseguró la puerta del dormitorio dónde su hermana pequeña dormía y se enfrentó al borracho en su puerta.

Juró entre incoherencias que encontró un trabajo maravilloso, lo obligó a acompañarlo hasta el centro del Mercado, se detuvieron frente a una tienda de menudencias y supo la verdad. Intentaría convencerlo de robar otra vez, la vida le negó cosas materiales pero le dejó la dignidad de una persona trabajadora. Su padre era un simple delincuente, siempre justificó sus crímenes con la pobreza, sin embargo cada trabajo lo arruinó con el alcohol, y lo dejaron en la calle una y otra vez.

Se detuvo en el semáforo de la calle Perú, tomó unas bocanadas de aire para continuar la carrera. Dio unos pasos en el pavimento cuando la camioneta blanca de la policía obstaculizó su camino. Bajaron dos hombres con uniforme y lo sostuvieron del brazo. A empujones lo subieron al asiento trasero y le advirtieron sobre su mala situación.

-¿Por qué lo que me están llevando, chera’a? Yo no tengo nada que ver, como le va a jugar a gente inocente así.

-Estamos en un procedimiento, amigo. Vos cooperás y la justicia te va ayudar, sencillo es el asunto- respondió el policía conductor.

- ¿Mba’e justicia pio? Yo trabajo…

- Si, todo el mundo trabaja, todo el mundo es inocente. Estamos llenos de ciudadanos honrados.

Martín percibió el desagradable sarcasmo en la voz del policía y se calló. Sus neuronas trabajaban a la velocidad de la luz para salvarlo de esa situación. Correr dejó de ser una opción y cualquier acto desesperado lo haría ver como culpable. ¿Qué pasaría si contaba la verdad sobre su herida y el viejo recostado por el lapacho? Si nadie creía en su inocencia tampoco creerían el cuento de un árbol que se mueve solo. 

La camioneta se detuvo frente a un conocido puesto de yuyos, lo bajaron a empujones como si se tratara de un criminal perseguido y lo acompañaron al interior del local. San La Muerte seguía parado alrededor de hierbas aromáticas, congelado en el tiempo pero las cuencas oscuras del cráneo parecían vigilarlo.

El viejo del lapacho sonrió al verlo ingresar a la pequeña habitación una vez más, los policías lo sentaron frente a él y salieron sin decir una palabra. Martín tragó saliva, el viejo vestía la camisa manchada de sangre, encendió un cigarrillo y suspiró. 

- Les dije que me disparaste- empezó el viejo y el miedo se transformó en terror – una palabra mía y te pudrís en la cárcel.

- No es cierto, yo no le disparé- afirmó Martín para convencerse de su verdad.

- Sí, pero nadie más sabe eso. Es tu palabra, un muerto de hambre contra la mía; Emilio González. Si eso no te dice nada te doy una pista, todo un partido come de mi mano.

- ¿Mba’e reipota?

- Un secretario. Sueldo mensual, comisión…. Cualquier boludez que se te ocurre, seguro tenés a alguien que mantener. La gente como vos siempre arrastra sus cruces por ahí.

- ¿Secretario?

- ¿Sabés escribir, leer... usar una computadora?

- Sí. Pero esa cosas del demonio, pe’a nda che gustái- dijo y dirigió la mirada a la estatua de la Virgen de Caacupé.

- ¡Mba’e cosa del demonio pio! Che ko ha’e la salvación, che ra’a. ¿Reikuaá mba’épa he’ise luisón?

- Aikuaa…

- Rojukata, che ajuka cosa del demonio. Ñandejára hína ome’e chéve pe don- interrumpió al muchacho e hizo la señal de la cruz- solucionada esa parte, ¿quién era el infeliz que maté hace rato? La policía va a querer saber…. Procedimiento.

- Mi papá- respondió sin demostrar emoción alguna.




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