Asunción de Noche
(primera
parte)
“No puedo ayudarte,
Emilia… necesito que quieras ayudarte vos misma primero y después me toca pero
antes no… no puedo” afirmó el hombre de largos cabellos negros y traje oscuro,
jugaba con un cigarro entre sus dedos y vigilaba atentamente a la muchacha de
mirada ausente sentada enfrente de él.
Emilia sólo escuchaba
y bebía su café a pequeños sorbos, de vez en cuando hojeaba las páginas de una
novela, luego quedaba ensimismada con la vista perdida en la ventana del café
dónde acostumbraba sentarse hasta la noche, abrazando a la soledad. A veces
lloraba en silencio mirando las personas pasear por la calle, nadie entendía la
dimensión de la lucha constante en su mente contra sus terribles ideas.
“Es una cuestión de
actitud, la vida es sólo un minuto, una sucesión de impresiones y acciones. Mi
punto es si querés, podés cambiar,
podés hacer cualquier cosa.” Sonrió el hombre y encendió el cigarro con un
fósforo. “Sos joven, Emilia… ¿cuántos años tenés? ¿Veintitrés? ¿veinticuatro?
Todavía estás a tiempo de cambiar tu perspectiva hacia la vida y no necesitás
ese bulto de pastillas para eso…”
“Si quiero cambiar
tendría que empezar por dejar de escucharte.” dijo Emilia sin retirar la mirada
del ventanal.
“Y acá empezamos otra
vez, sí, yo soy el demonio que está trastornando tu perfecta vida. ¡Quiero
ayudarte Emilia! ¡Quiero que cambies esa cara de culo que siempre tenés y
sonrías un poco más! ¡Pero no! Vos siempre me culpás por tu vida de mierda… no
fui yo el que dejó la facultad hace un año… ¡sos vos y vos y vos!” exclamó
enojado y golpeó la mesa con el puño.
“Ya no quiero hablar
contigo.” Afirmó la muchacha en un hilo de voz, secó unas lágrimas con sus
dedos y tomó el ejemplar de Las Aventuras
de Alicia en el País de las Maravillas que estaba leyendo, lo guardó en su
bolso y pidió la cuenta a un mesero del café, el mismo muchacho de sonrisa
falsa, ojos verdes y leve acento italiano que acostumbraba atenderla.
“Rubia… escucháme
rubia, no le llames, no hace falta… él te quiere drogar y quiere que te pasees
como un zombie por todas partes, para eso le pagan pero vos podés vivir sin él…
los dos podemos vivir sin él.” Aseguró más calmado pero el cigarro temblaba en
su mano.
“Gracias, buenas noches.” Se despidió del
mesero y salió del café ignorando las palabras del hombre del cigarro. Caminó
por la vereda sin un destino fijo, estaba cansada de aquel hombre y sus
intentos de salvarla. La redención no era gratis, pagaría un precio alto por
ello pero aún no llegaba su tiempo de rendir cuentas, aún no llegaba su tiempo
de despertar de aquel mal sueño.
Las calles céntricas
de Asunción se convirtieron en un refugio para Emilia, caminaba hasta gastar
completamente sus zapatillas, caminaba hasta olvidar de dónde venía y hacia
dónde iba. Caminaba porque de esa manera la soledad golpeaba menos, siempre
encontraba una persona dirigiéndole la palabra en una plaza, una señora
quejándose del clima o algún extranjero buscando el camino a la costanera.
Rostros, voces, aromas perdiéndose en la multitud y por un minuto la rescataban
del tedioso ajetreo de su vida.
Esa noche Emilia se
detuvo frente a la Estación del Ferrocarril, apoyó su cansado cuerpo por los
barrotes de la plaza, sin embargo el olor nauseabundo de los recientes
huéspedes de la estación la obligó a continuar su camino. Arrastraba los pies
por el suelo, un par de lágrimas buscaron escapar de sus ojos otra vez pero
las contuvo con un suspiro, “éste es su objetivo, Emilia, quiere hacerte sentir
como una inútil” pensó mientras cruzaba la calle en dirección al Teatro Municipal
cuando repentinamente todos los cristales del edificio se rompieron en un
estallido sordo.
Intentó cubrirse con
las manos pero los fragmentos de vidrio se incrustaron en varias partes de su
cuerpo, se arrodilló aturdida y notó que una joven de vestido azul corto le
gritaba a un hombre trajeado frente al teatro pero calló al fijar su mirada en
ella, el hombre trajeado volteó y se dirigió a Emilia furioso.
“¡Mentiroso! ¡el hijo
de perra me mintió!” gritó y una sonora bofetada estalló en el rostro de la
muchacha. “Él me dijo que nadie iba a salir de ese teatro, él me dijo que todo iba
a terminar!” exclamaba mientras la arremetía a golpes.
Nota de Autor: Olvidé avisar que tiene contenido fuerte y malas palabras y cosas así.... y la encuesta estará al costado del blog porque no soy tan pila con la tecnología.
Nota de Autor: Olvidé avisar que tiene contenido fuerte y malas palabras y cosas así.... y la encuesta estará al costado del blog porque no soy tan pila con la tecnología.
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